Jeamil Burneo
Lamentablemente, el debate público se ha reducido a discusiones coyunturales, absorbidas por el ruido mediático del día a día, mientras lo esencial —la proyección de ciudad y la organización de su territorio— permanece relegado. Urge salir de esta superficialidad mediática que confunde espectáculo con gestión, para volver al arte de planificar y gobernar con visión de largo plazo.
La urbe, como organismo vivo, depende de un delicado equilibrio entre sus recursos, su morfología y su gente. Hay que decir que el modelo urbano sigue atrapado en la lógica centralista del casco histórico, mientras la ciudad se expande de manera desordenada hacia sus periferias. Las grandes avenidas que hoy sostienen el transporte urbano, como la Manuel Agustín Aguirre o la Universitaria, están al límite de su capacidad y no resuelven el dilema de fondo: la necesidad de nuevas centralidades que redistribuyan servicios, equipamientos y oportunidades.
En el norte de la ciudad se presenta una oportunidad histórica la inclusión a los sistemas de planificación urbana actuales, la implementación del “nodo de Chinguilanchi”, un lugar ancestral y simbólico, que debe convertirse en una centralidad del futuro y quizás en una nueva parroquia. Lo menciono de esta manera, pues es evidente que los elementos arqueoastronómicos allí encontrados, dan cuenta de un argumento robusto que permita en la contemporaneidad rescatar este lugar que nuestros pueblos originarios usaron como observatorio astronómomico que se orientaba hacia dos montes tutelares al norte del “jaguar dormido”, antigua Chunwakaru, Cuxibamba o Loja. Allí, la municipalidad debería instalar oficinas desconcentradas, servicios públicos y espacios verdes que articulen transversalmente al sector norte con el resto de la ciudad, dado el vertiginoso crecimiento de urbanizaciones como Amable María y cercanías. No se trata solo de construir infraestructura, sino de generar un nuevo polo urbano que equilibre la presión sobre el centro y dé a los ciudadanos un acceso más justo a su institucionalidad.
Lo mismo ocurre con Obrapía, cuya localización estratégica lo convierte en un candidato natural para consolidar una centralidad administrativa y cultural. Con la instalación de parques, centros de servicios y direcciones municipales, este sector podría asumir funciones que hoy saturan el casco central. Por su parte, Carigán tiene la vocación de ser una centralidad verde: un espacio de parques y áreas recreativas que compensen el déficit ambiental de Loja, con equipamientos que fortalezcan el tejido social y ofrezcan calidad de vida a sus habitantes. Estos dos nodos precisamente tienen recientemente categoría de parroquias urbanas, hilvanando su relación de equilibrio periférico con la parroquia Punzara, el lugar de inicio sureño de la ciudad.
Estas tres centralidades norteñas —Chinguilanchi, Obrapía y Carigán— deben concebirse como parte de un sistema policéntrico que le dé coherencia al desarrollo de Loja. No basta con que sean proyectos aislados: deben estar integrados por corredores viales transversales, sistemas de transporte público eficientes e infraestructura que fomente la movilidad sostenible. Solo así podrán descongestionar la ciudad y dar forma a un urbanismo equilibrado y resiliente. En este sentido, no hay que olvidar la vocación productiva que aporta un sector aún poco consolidado e intermedio a las conexiones viales entre Carigán y Motupe, en cuyo caso la fragmentación de lotes puede tener características generosas que permitan inclusive realizar agricultura urbana dando continuidad al proyecto de conectores verdes, al final esta posibilidad nos vinculará con vías colectoras e interprovinciales relacionadas con la vía panamericana hacia Cuenca y la inclusión de sectores peri urbanos como Salapa.
En este sentido, resulta clave recordar que el futuro urbano no es rígido, sino flexible. Como advierte Zygmunt Bauman, la modernidad líquida exige reorganizar constantemente las estructuras sociales y espaciales para adaptarse a un mundo en permanente cambio (Bauman, 2000). Loja no puede permanecer fija en su centralismo histórico, atrapada en las inercias de siempre. Debe abrirse a nuevas formas de organización territorial, donde la descentralización no sea un eslogan, sino una práctica concreta de gestión.
El desafío, sin embargo, no es puramente técnico. También es político e institucional. Francis Fukuyama subrayó que el debilitamiento de las instituciones conduce a la fragmentación y a la pérdida de confianza social (Fukuyama, 1992). En Loja, fortalecer la institucionalidad municipal pasa por acercarla a los ciudadanos, descentralizando oficinas y servicios, y rompiendo con la idea de que solo en el casco central se toman decisiones. En otras palabras, la descentralización es también un ejercicio de democracia territorial.
No se trata únicamente de redistribuir funciones, sino de renovar la forma en que la ciudad se piensa a sí misma. Descentralizar es, en última instancia, un acto de justicia urbana. Es garantizar que todos los lojanos, vivan donde vivan, tengan acceso a parques, servicios, cultura y participación ciudadana. Es reconocer que la ciudad no termina en su centro histórico, sino que se proyecta hacia sus periferias, sus barrios y sus ríos.
