Fernando Cortés Vivanco
Tolstoi observaba: todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Esta paradoja revela una contradicción fundamental en nuestro entendimiento de la praxis política: la escisión entre transformación social y transformación personal.
El primer problema es la ilusión de la mera exterioridad del poder. Petra Kelly sostenía que cualquier revolución auténtica debe comenzar como “revolución del yo”, porque los sistemas opresivos no son entidades abstractas, sino que se cristalizan en patrones de pensamiento y comportamiento.
Cuando hablo de que otra política es posible, algunas personas me dicen que la gente que va con buenas intenciones termina cambiada cuando llega al poder. Personalmente, yo no creo que el poder cambia a la gente, sino que nos demuestra quienes en verdad son. Pero es indiscutible que las estructuras políticas están podridas y te van a querer condicionar para que te adaptes.
Hay algo que es primario, si queremos dedicarnos a la política para construir en colectivo justicia, libertad, sostenibilidad… y es: sanar. Un líder no sanado reproducirá inconscientemente las mismas dinámicas de dominación que dice combatir. Esos políticos sinvergüenzas que se llenan el bolsillo a costa del sufrimiento de la gente, son expresiones de una conciencia ya fragmentada por la avaricia y el ego.
Con ello no solo me refiero a tener una guía ética —que es fundamental— sino también a trabajar en el audescubrimiento, la consciencia, la empatía… Eso es lo único que puede garantizar que no tengamos precio, que no traicionemos ideales.
Sanar para transformar no es romantización new age, sino pragmatismo político. Como demostró Gandhi, la única revolución sostenible es aquella que integra coherentemente el cambio interior y exterior.
El trabajo de sanación política requiere enfrentar nuestras sombras colectivas: el autoritarismo latente, la codicia sistémica, la desconexión con la naturaleza. Solo líderes que hayan atravesado estos territorios sombríos en sí mismos pueden guiar procesos de transformación sin reproducir inconscientemente los mismos patrones destructivos.
Transformar nuestra comunidad, ciudad, país… exige, inexorablemente, transformarnos a nosotros mismos.
