El populismo gusta

Fernando Cortes

Cuando el camino es complejo, buscamos atajos. Juntamos indignaciones y las llamamos “pueblo” “cambio”… Laclau lo explica: demandas democráticas dispersas se enlazan en cadenas de equivalencia y se pegan a un significante vacío — revolución, nuevo…— que un liderazgo condensa en un nombre propio, de ahí nacen: revolución ciudadana, nuevo Ecuador…Esa operación levanta una frontera: los de adentro y los de afuera. Es una lógica de construcción de lo político cuando la representación se tambalea.

Agustín Cueva nos señalaba que en contextos de desigualdad, el populismo es mediación. Integra por arriba lo que la estructura económica no integra por abajo. Muestra una “ampliación” de la ciudadanía, mientras se deja intacta la estructura económica, abriendo puertas al clientelismo y el personalismo. Cada populismo tiene sus características propias y no es lo mismo populismo con narrativas de izquierda o de derecha; pero esta caracterización da cuenta de nuestra cultura política.

Tarragoni lo describe así: el populismo oscila entre democracia redentora y pragmática de gobierno. Tiene lógicas autoritarias y se va en contra de los contrapesos “en nombre del pueblo”. En crisis, la palabra “seguridad” se vuelve un dispositivo total: captura miedos, agrega frustraciones, legitima excepcionalidad. Por eso, se repiten discursos que no resisten un mínimo análisis científico o van en contra de cuestiones elementales como el Estado de Derecho.

 ¿Qué nos dice esto sobre la coyuntura? Que el populismo ordena el malestar, pero no soluciona lo importante. Nombrar no cura. Las demandas necesitan cable a tierra: políticas para reducir la desnutrición crónica infantil, mejorar el sistema de salud, impulsar el empleo formal… no necesitamos humo, y es lo único que nos dan.

También nos toca a nosotros. Arendt dejó una advertencia útil: la banalidad del mal nace donde falta juicio. No hace falta maldad sistemática; basta irreflexión. Cuestionemos el: “así se hace política”. Si la consigna sustituye al pensamiento, la política mediocre y cruel se reproduce.

Corresponsabilidad es pedir razones, medir resultados, poner límites aún al líder preferido. Necesitamos procesos y reglas que sobrevivan a los nombres.

Reflexionar juntos —antes de repetir discursos como pericos- es autodefensa democrática. Y un compromiso simple: que cada “pueblo” que invocamos incluya a la diversidad y quepa dentro del Estado de derecho y de derechos y no encima de él.