Las realidades de varios países de América Latina nos retan a aprender de los errores políticos que cometemos tanto los dirigentes como los ciudadanos comunes y corrientes. Nos referimos a los casos de Bolivia y Argentina.
El actual presidente, Luis Arce, del Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP), inicialmente buscó la reelección, pero, decidió por bajar su candidatura, en medio de divisiones internas del partido. Ningún candidato obtuvo la mayoría lo que llevó a una segunda vuelta el 19 de octubre de 2025 entre el senador Rodrigo Paz Pereira del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y el expresidente Jorge Quiroga de Libre. Rodrigo Paz Pereira, ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Bolivia, con el 54,9% de los votos.
Los resultados electorales en Argentina no solo deben preocupar a los argentinos: deben servirnos de espejo a los pueblos de América Latina, y especialmente al Ecuador. Allí, una oposición dividida, atrapada en su propio laberinto de intereses, terminó entregando el país a las fuerzas que prometen libertad, pero que esconden la restauración más cruda del neoliberalismo.
Estas historias nos interpelan directamente. Ecuador vive hoy una situación similar: una derecha cada vez más articulada y agresiva, y una oposición progresista que parece haber olvidado su principal tarea —defender los derechos del pueblo y sostener la esperanza colectiva— para enredarse en disputas internas, cálculos personales y proyectos de corto alcance.
Para profundizar en la reflexión, les proponemos unos pensamientos de Pedro Cornejo Calderón:
“Pero, ¿cómo salir del ciclo de los errores repetidos? Tal vez la respuesta no esté en los manuales de ciencia política, sino en la observación humilde de la naturaleza. Pensemos en las hormigas: esos pequeños seres que logran lo que los humanos, muchas veces, no conseguimos. Ellas viven en comunidades organizadas, cooperan para el bien común y se adaptan al entorno con inteligencia y disciplina. El desafío para el Ecuador —y para toda América Latina— es aprender de esa sabiduría natural: organizarnos con propósito, comunicar con claridad, cooperar sin protagonismos vacíos, entender que nadie se salva solo. La historia demuestra que las conquistas sociales se logran cuando el pueblo marcha unido, no cuando se fragmenta. La derecha global tiene una estrategia común, mientras que los sectores progresistas aún discuten quién tiene la bandera más alta. Esa es la trampa: creer que la pureza ideológica vale más que la eficacia política.
Hoy, el dilema es claro: o defendemos juntos los derechos conquistados, o los veremos desaparecer bajo el discurso de la “libertad” que en realidad significa desprotección y sometimiento. Frente al intento de reducir el Estado, fortalecer la organización social; frente al odio, solidaridad; frente al miedo, esperanza. No se trata solo de resistir, sino de construir una propuesta nacional que una a todos los sectores democráticos, progresistas y populares.
La unidad no significa uniformidad, ni callar las diferencias. Significa poner lo esencial por encima de lo accesorio. Significa que, aunque marchemos separados, debemos golpear juntos. Si seguimos divididos —cada cual defendiendo su metro cuadrado o su pequeño liderazgo—, el poder nos pasará por encima. Ya no es tiempo de egos, sino de causas. Ya no es hora de prometer, sino de construir. Solo la unidad nos salvará. Lo demás, será otra derrota anunciada”
