El baúl de los recuerdos: “Seres extraños mi Loja habitarán”

Efraín Borrero Espinosa

Alma Lojana es un pasillo que por su belleza lírica y musical es el más representativo para los lojanos, por eso ha asumido el rol de ser su segundo himno y parte de nuestra identidad.

En la composición literaria escrita por el eximio poeta, escritor y maestro, Emiliano Ortega Espinosa, que dio vida poética a ese inmortal pasillo del compositor quiteño, Cristóbal Ojeda Dávila, dice que “seres extraños mi Loja habitarán”.

Estoy hablando del dieciocho de octubre de 1929 en circunstancias que se había radicado en la ciudad de Cuenca para prestar sus servicios profesionales en el Instituto Manuel J. Calle que se acababa de fundar, acompañado de su fiel esposa, Julia Jaramillo Carrión, con la que había contraído matrimonio en 1928.

En cada frase evoca la profunda nostalgia y tristeza por estar lejos de su tierra natal, más aún que en aquel tiempo no había carretera entre Loja y Cuenca y que el tormentoso viaje había que hacerlo a lomo de mula.

Los lojanos nos caracterizamos por ser querendones de nuestro terruño, a eso se debe que cuando estamos ausentes la añoranza invade nuestros sentimientos en una mezcla de emociones, donde se experimenta la alegría del recuerdo feliz y la aflicción por no poder revivirlo.

Los seres extraños que mi Loja habitarán resulta ser, a mi juicio, una conclusión melancólica de Emiliano Ortega, sustentada en una fuerte convicción de que ese hecho ocurrirá en nuestra ciudad, y que la única constante que le acompañará en su dolor será el río Zamora.

Esa premonición, utilizada como recurso literario, efectivamente se cumplió y sin duda se refería a personas de otras latitudes del país y del exterior que a futuro se asentaron en nuestra ciudad, alentadas por la hospitalidad y el espíritu cosmopolita que distingue a los lojanos.  

Sobre el asunto opina Paulina Jaramillo Valdivieso diciendo que “quizá expresa el temor, tan humano en todo emigrante, ante el regreso incierto; el miedo de volver y encontrar una Loja distinta a la que dejó, poblada por rostros desconocidos y nostalgias. De su parte Benjamín Pinza Suárez hace notorio que “la ciudad comenzó a tener un flujo migratorio de gente de la provincia a la ciudad, lo cual va rompiendo ese sentimiento cerrado de Lojanidad de carácter citadino hacia un concepto más amplio e integrador; a más de gente que venía de otras provincias del país y del exterior”.

Lo cierto es que el lojano es “asombrosamente hospitalario”, usando palabras de Ángel Felicísimo Rojas, y su espíritu cosmopolita ha determinado que la ciudad adquiera esa característica; es decir, una actitud de apertura hacia lo global que posibilita la convergencia de personas de diferentes orígenes, culturas y estilos de vida, propiciando una convivencia armónica y de respeto mutuo entre todos los habitantes para forjar una ciudad vibrante y enriquecedora. 

Eso ocurrió precisamente desde finales del siglo XIX en que se produjo un proceso migratorio de algunos ciudadanos extranjeros y connacionales que escogieron a esta tierra maravillosa para forjar su futuro. Algunos vinieron con sus familias y otros formaron sus hogares aquí dejado descendencias respetables. Loja les brindó su hermosa campiña, su gente afable y su acendrada riqueza cultural.

Ahora bien, tenemos que admitir y reconocer que muchos de quienes se asentaron en este encantador rincón de la patria han contribuido significativamente a su desarrollo en diversos órdenes, y que sus descendencias también han sido eje fundamental de nuestro progreso. A manera de ejemplo y con el consiguiente riesgo de omisión me referiré a algunos de ellos.

Ernesto Witt Jorjan, alemán, trajo desde su país maquinaria para fabricar jabón, procesando la sosa cáustica. Instaló la primera cervecería que tuvo el Ecuador a la que llamó “Ideal”, y una fábrica de velas de cebo. El veinte y tres de abril de 1897 fue parte de la conformación de la “Sociedad Luz Eléctrica”, constituyéndose en socio del proyecto industrial más importante de Loja de aquel tiempo, cuyo objetivo era la instalación de la primera planta de luz eléctrica del Ecuador, para dar servicio público y domiciliario.

Sus paisanos: Eügen Faller Kaiser, Julio André, Alejandro Muller y Alfredo Moser dedicaron sus mejores talentos, capacidades, haberes y esfuerzo de trabajo en beneficio local.

Edward Kingman, médico norteamericano que en 1906 llegó a Portovelo para trabajar en la empresa minera South America Develoment Company. En Loja conoció a la aristócrata lojana Rosita Riofrío, que era su paciente, con la que posteriormente contrajo matrimonio procreando tres hijos: Eunice, Eduardo, uno de los más destacados pintores ecuatorianos de todos los tiempos; y, Nicolás Kingman Riofrío,  periodista, escritor y político.

El arquitecto y escultor chileno Hugo Faggioni, de ascendencia italiana, vino a Loja para la construcción del actual edificio de la Prefectura Provincial. Había ganado prestigio nacional con algunas obras trascendentes. Dejó descendencia entre los que se encuentran valiosos profesionales lojanos.

También vinieron de tierras lejanas los esposos Teófilo Mahuad Chedraui y Catalina Chalela de ascendencia libanesa, para instalar un negocio en la calle Diez de agosto y Bolívar de esta ciudad.

Carlos Manuel Valarezo Loayza, oriundo de Piñas, y los hermanos Flavio Ernesto y José Coronel Illescas, venidos del Azuay, establecieron las dos primeras radioemisoras comerciales de la ciudad; el primero, Ondas del Zamora en 1948; y, los segundos, Centinela del Sur, en1956.

Tulio Arturo Crespo Crespo, de origen zarumeño, instaló la primera fábrica de hielo en Loja; para ello adquirió un lote de terreno y levantó la edificación situada en la calle Rocafuerte y Macará.

Moisés Alberto Hidalgo Jarrín, zarumeño, fue pionero en muchas actividades comerciales, agrícolas, ganaderas e industriales, y creador de la más importante industria lojana: Malca.

Luis Edison Chauvín Herdoiza, nacido en Guaranda, y Luis Antonio Silva Silva, quiteño, se afincaron en Loja para emprender en lo que sabían: la fotografía.

Dos telegrafistas y un radioperador también le dijeron a Loja que aquí se quedaban para siempre: Oswaldo Proaño Cevallos, nacido en Cotacachi, gran deportista que nos representó con dignidad; Octavio Burbano Montenegro, oriundo de Tulcán, y Carlos Gualberto Boada Benítez, nacido en Ibarra, que además estableció un almacén de telas.

De Cuenca vinieron Daniel Rene Palacios Serrano e Iván Vélez Núñez para impulsar diversas actividades comerciales que alcanzaron un importante posicionamiento.

Los hermanos Hernández de la provincia de Tungurahua, gente trabajadora y honesta, promovieron la comercialización de calzado ambateño al por mayor y menor.

En los ámbitos educativo, cultural y deportivo podemos destacar los nombres de Hernán Gallardo Moscoso, Luis Fidel Arroyo Naranjo, Víctor Manuel Argudo Argudo, Nelson Armando y Graciela Yépez Montenegro; Carlos Franco Pérez, Mario Salas Sandoval, Gustavo Ortiz Arellano, Vladimir Bastante Castro, Homero Pozo Vélez, Alfonso Romo Bustos, Rafael García Arízaga, Susana Álvarez Galarza, Fausto Aguirre Tirado, José Carlos Arias Álvarez, Jaime Eduardo Salcedo Becerra y Gonzalo Moya, que vinieron desde diversos lares para  abrazar nuestra tierra y convertirla en su segunda patria chica, aportando significativamente a su desarrollo.

Francisco Lecaro Pérez, nacido en Santa Rosa; Monfilio Zambrano Valarezo, zarumeño; Raúl Auquilla Ortega, azuayo; y, Rafael Dávila Egüez, quiteño, ejercieron las dignidades de alcalde, prefecto y diputado, respectivamente.

Lauro Hidalgo Costa, zarumeño, y Carlos Miguel Ramírez Romero, nacido en Piñas, se destacaron en la Corte Superior de Justicia de Loja y en la Corte Suprema.

Hernán Acevedo Cortéz, esmeraldeño, abogado y docente universitario; Humberto González del Pozo, nacido en Guaranda, destacado dirigente deportivo; el recordado “Cubanito”, William Alfonso Brayanes Martínez, nacido en Cuba; Gustavo Trueba Barahona, quiteño, ingeniero civil; Raúl Cortez Coba, quiteño, militar y promotor turístico; José Fidel Beltrán Cevallos, cuencano, militar; Antonio Chejin Saker, hijo de padres libaneses, nacido en Santa Elena; los hermanos Luis Antonio y Miguel Ángel Galindo Echeverría, nacidos en Cotacachi; el “Manaba”, así como otros distinguidos personajes cuyos apellidos recuerdo, como: Romo, Godoy, Soria, Mejía, Farez, Machado, Echeverría, Sánchez, Serrano, Merchán, Cazorla, Terán, Campana, Albuja, Durán, Terneus, Romero, Ordóñez, Saa, Arias Guerra, Ruilova, Gallo, Ambrossi, Marconi, Flandoli, Monroy, Montalvo, Petroff,  Mortensen, Cañadas, Barrazueta, Ripalda y Salgado, forman parte de la extensa lista de extranjeros y ecuatorianos que encontraron en esta tierra fecunda el espacio ideal para forjar su dicha y bienestar.

Los nombres mencionados, con el riesgo advertido, constituyen una pequeña muestra que confirma mi aserto, y al mismo tiempo reafirma lo que verdaderamente define a una persona, que no es su origen geográfico ni su destino final, sino el propósito por el que vive y lucha.