Te levantas en la mañana, vas al trabajo, cumples con tus actividades, sales con familiares, participas de alguna reunión con amigos, pero esa sensación de que te falta algo no se va. Quizá no tienes todo, pero no te falta nada importante, has logrado muchas cosas en tu vida, pero aún sientes un vacío que no se llena del todo.
La sensación de vacío emocional es más común de lo que podría pensarse. Es un estado caracterizado por la sensación de no encontrar sentido, rumbo ni un vínculo profundo con uno mismo o con quienes lo rodean. Esta sensación puede ser causada por la falta de propósito o sentido en la vida, las relaciones superficiales, la depresión, pérdidas no procesadas; entre otras, y suele expresarse mediante tristeza, desinterés o mediante un intento continuo por compensar ese vacío mediante actividades, relaciones o diversas distracciones, que a la larga solo proporcionan un alivio temporal.
Lo cierto es que ese vacío solo lo puede llenar una relación íntima y permanente con Dios. Esa relación nos brinda un propósito para nuestra vida: “yo sé los planes que tengo para ustedes, dice el Señor, son planes para su bien, y no para su mal, para que tengan un futuro lleno de esperanza” (Jeremías 29:11 RVC), y es que “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2: 10). Siempre podremos confiar en Él ya que “cercano está el Señor para salvar a los que tienen roto el corazón y el espíritu” (Salmos 34:18 RVC). “Me mostrará la senda de la vida; en su presencia hay plenitud de gozo; delicias a su diestra para siempre” (Salmos 16:11). Con el Señor no hay depresión ni ansiedad pues Jesús nos dice “vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados; yo les daré descanso” (Mateo 11:28. NVI) y con Él entendemos “que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Definitivamente, solo Jesucristo puede llenar ese vacío.
Alguien preguntará: ¿debo ordenar mi vida para que Cristo pueda aceptarme y amarme? Y la respuesta es no, su gran amor cubre multitud de errores (1 Pedro 4:8), Él te acogerá, te levantará, te limpiará y te restaurará pues ha prometido que “todos los que mi Padre ha elegido para que sean mis seguidores vendrán a buscarme; y cuando vengan, yo no los rechazaré” (Juan 6:37. TLA). Ve, búscalo.
