Fernando Cortes
En el Tao Te Ching dice: quien sigue el Tao, se une al Tao. Quien sigue la virtud, se une a la virtud. Quien sigue la pérdida, se une a la pérdida. Quien se identifica con una de estas cosas, por ella es acogido.
“Quien sigue a la pérdida, se une a la pérdida.” Esta advertencia señala un peligro psicológico documentado en estudios sobre rumiación depresiva: la identificación con el sufrimiento crea ciclos autoperpetuantes de pensamiento negativo. El sufrimiento puede conferir identidad, pero confunde la señal con el yo mismo. Enamorarse de la pérdida transforma el mundo en una procesión de motivos para solo llorar.
“Quien sigue la virtud, se une a la virtud.” Aristóteles plantea la virtud como habito, una disposición adquirida mediante práctica repetida que produce excelencia de carácter. Esta ética ofrece una visión del florecimiento humano. Sin embargo, hay una limitación: la identificación exclusiva con la virtud racional puede negar aspectos legítimos de nuestra naturaleza. Ed Yong nos recuerda en “Yo contengo multitudes” que biológicamente somos ecosistemas, no individuos monolíticos. La multiplicidad es nuestra condición. El exceso aristotélico de control puede negar nuestra naturaleza constitutiva. Es una mejor cadena, admirable incluso, pero cadena igual.
“Quien sigue el Tao, se une al Tao.” Este camino trasciende tanto la identificación con la pérdida como la auto-construcción virtuosa. Resuena con el estado de “flujo” de Csikszentmihalyi: como el músico absorto en la improvisación donde sus dedos se mueven sin pensamiento consciente, donde no hay separación entre el intérprete y la música. En ese momento desaparece la auto percepción y hay fusión entre acción y conciencia. Además, la virtud deviene del Tao: la acción correcta emerge naturalmente cuando estamos alineados con esta realidad fundamental, no cuando la imponemos desde afuera. Hablamos de ser conscientes del aquí y ahora, de la interconexión de la vida; para actuar desde esa consciencia.
Al inicio del año nuevo, estas tres formas de ser ofrecen un mosaico de posibilidades. El Tao Te Ching sugiere que soltar tanto el apego al sufrimiento como la ilusión de perfección moral permite una forma más profunda de actividad: acción sin resistencia. En el silencio, antes de construir narrativas, reconocemos lo que somos: ecosistemas en flujo.
Podemos aceptar el sufrimiento, lo habitamos, nos sucede, lo dejamos ir. Podemos buscar la virtud sin apego, ella nos guía, nos mejoramos, sin negarnos. Podemos lograr la felicidad, cultivar la sabiduría, observando el momento presente, conociéndonos y conociendo la vida; sintonizándonos con el Tao.
Por último estas también son palabras: el Tao se conoce en silencio. En un mundo de ruido, el silencio es revolucionario. Te invito a habitarlo.
