Pablo Palacio: la lucidez de lo incómodo en un mundo de apariencias.

Quilanga, 25 de enero 2026

Juan Luna

Las instituciones públicas, principalmente el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Educación, regente del Sistema educativo nacional, con motivos de celebrar los 120 años del natalicio de Pablo Palacio, lojano ilustre, irreverente y antirromántico cuya infancia y juventud estuvieron marcadas por el apogeo y declive de la revolución liberal y todo lo que ella significó: igualdad, libertad, estado laico.

Un 25 de enero de 1906 Loja vio nacer al hijo de la señora Clementina Palacio, madre soltera, una afrenta en aquel entonces. Muy niño quedó huérfano y su tío José Ángel Palacio lo acoge e inicia sus estudios en la escuela de los Hermanos Cristianos, pasa el colegio en el Bernardo Valdivieso para luego graduarse de doctor en Derecho en la Universidad Central del Ecuador. Hizo de Quito su segundo hogar, trabajó como docente de filosofía y letras, subsecretario de educación y un destacado escritor y periodista.

Pablo Palacio antes que ser un jurista de vocación fue un ser humano de profunda reflexión de las estructuras sociales y morales que la sostienen y terminan deformando la convivencia y conciencia colectiva. Sus obras emblemáticas Ojos Negros, El Huerfanito, Un Hombre muerto a puntapiés, Amor y Muerte, Débora, Vida del Ahorcado, entre otras, son el reflejo de sus ideas, de sus convicciones, de su conciencia lúcida e incómoda y que hoy nos hace tanta falta.

Caracterizado por su irreverencia, en su orfandad se negó a recibir el apellido de su padre, no quiso recibir la protección de su familia, en otra oportunidad, por no arrodillarse ante la reina que se había inventado para el ceremonial de “juegos florales universitarios no recibió el premio y se armó el alboroto.  Alejandro Carrión afirma: “A pesar de sus dificultades no era hombre amargo, al contrario, era incisivo, intensamente cordial, pulcro, bien vestido, con sobria elegancia de gustos y maneras, de sonrisa y risa de “potrillo tierno”.

Sus brillantes obras son las de un escritor de leyenda y de realidad, aunque era un crítico permanente porque para él simplemente la realidad no existía. Colaborador fiel de revistas literarias también se dio un espacio para ser un funcionario público en el ministerio de educación como subsecretario.

La obra literaria demuestra la su capacidad de pensar distinto, de ser diferente y desafiar el costumbrismo y lo tradicional de la sociedad y de los géneros literarios. Es disruptivo, experimental, irónico, profundamente crítico reivindicando el derecho a la duda, al cuestionamiento y a la libertad intelectual.

En 1937 contrajo matrimonio con Carmen Palacios, procreando dos hijos: Carmen Elena y Pablo Alejandro. Su historia de amor fue leve, pues para 1938 empezó a perder el conocimiento, debieron internarlo primero en el hospital Eugenio Espejo y luego en el Vernaza de Guayaquil, ciudad donde falleció en 1947.

Pablo Palacio tiene nombre y presencia por su identidad lojana. Su obra es el testimonio de que no hay adversidad que no pueda ser superada. Su memoria escrita es una invitación a leer críticamente nuestra realidad, a no conformarnos con las apariencias y a defender el pensamiento libre como base de una sociedad democrática, justa y en constante transformación. La brevedad de sus instantes, y la profundidad de sus huellas son la luz de todo aquel que piensa distinto.