Ruido mental y gestión del pensamiento

Galo Guerrero-Jiménez

Solo la lectura es la que convalida la existencia de un texto, bien en su versión de libro, de artículo, de ensayo, de comentario, de texto literario, artístico, científico o de un accionar cultural implicado en todas las manifestaciones más substantivas que el lectoescribiente desde su fragor intelectual engendra en su diario vivir y desde infinidad de proyectos que hacen factible la emblemática construcción de un texto, bien sea desde la tecnología del papel o en las pantallas digitalizadas que, bien utilizadas, nos permiten tener acceso al conocimiento universal.

Sin embargo, para que la lectura convalide la existencia de ese texto leído, no es desde cualquier lectura, peor si esta es llevada a cabo de manera mecánica, o solo para cumplir una tera escolar, o desde el ruido mental y físico que produce el exceso de la información digitalizada, en especial el de la inteligencia artificial que, tal como lo plantean las académicas Santamarina Sancho y Domínguez-Oller: “Los estudiantes perciben esta herramienta como un atajo para ahorrar tiempo, un corrector lingüístico de trabajos ya elaborados o, directamente como un generador de textos. Esta visión centrada en el resultado final y no en el proceso limita su valor educativo y plantea importantes retos para la enseñanza universitaria. Más que favorecer una mejora de la escritura [y de la lectura] académica, estos usos no permiten llevar a cabo una relación más profunda con los textos y con el propio aprendizaje” (2026) para aprender a gestionar el pensamiento activo, creativo, reflexivo y estético desde un actuar consciente del conocimiento.

En este contexto, solo una lectura que evite, en especial, el ruido mental del lector, es decir, el estar, al mismo tiempo llevando a cabo diferentes actividades en las redes sociales, en las cuales, como sabemos, el uso excesivo “puede generar impactos perjudiciales en la salud mental y física de los menores [especialmente], afectando su atención, provocando distracciones respecto a sus deberes y originando trastornos psicológicos y patrones de conducta inadecuados. [Por lo tanto], su uso indiscriminado también puede acarrear efectos negativos significativos, especialmente cuando no se consideran adecuadamente sus repercusiones sobre los derechos humanos, en particular los de los menores de 16 años. Entre los riesgos destacan el impacto en la salud mental, la tendencia a las adicciones digitales y la protección insuficiente de los datos personales” (Drouet Mármol, 2026) que transitan por la red de manera inadecuada.

Por lo tanto, solo una buena lectura salva al texto y al mismo lector y, por ende, a la sociedad que necesita gente comprometida con la comunidad a través de la formación continua en el campo del conocimiento que se lo adquiere con la práctica de una adecuada educación a través del conocimiento que reposa en los grandes maestros que en calidad de docentes comparten armoniosa y narrativamente sus vivencias intelectuales, y en los libros que cuidadosamente guardan o almacenan el conocimiento que en calidad de información espera ser leído.

Por supuesto que, como señala el filósofo Antonio Fornés, “probablemente el conocimiento no conseguirá, al menos a corto plazo, que mejore nuestra situación social, ni que ganemos más dinero, pero nos permitirá ver con mayor profundidad el mundo que nos rodea; cada vez que aprendemos algo nuevo nos elevamos, nos subimos a un pedestal desde el que tenemos una visión privilegiada que nos permite mejorar nuestra comprensión de la realidad. Nuestra fuerza como personas radica esencialmente en el pensamiento, en nuestra capacidad de pensar, aprender y comprender. Cada vez que lo hacemos somos un poquito más fuertes, más dignos y, sobre todo, un poquito más humanos” (2018), o poco humanos desde el ruido mental.

Pues, es nuestra capacidad de conciencia en la lengua la que nos permitirá acercarnos a un texto.