Therian: la fractura detrás de este fenómeno

AINHOA DENISSE ASTUDILLO CHUNCHO

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Resulta revelador hasta casi fascinante observar los mecanismos de defensa de la sociedad contemporánea. Cuando nos enfrentamos a un fenómeno que rompe el molde de lo que el hombre ha decidido como “normal”, la primera línea de trinchera suele ser la burla, simplemente reírse de lo que no se comprende. Esto exactamente ha venido ocurriendo con el colectivo therian. Para quienes aún no están familiarizados con el término, se trata de personas que, en su mayoría jóvenes, se identifican de forma parcial o total, a nivel psicológico y/o espiritual, con un animal.  

En las calles y en redes llueve la burla visceral, el desprecio y la patologización hacia este colectivo. En estos últimos días he escuchado por doquier opiniones predecibles como vagas, intentando minimizar el tema. Se dictamina con ligereza que es “una moda pasajera”, “una fase de los jóvenes” o, para los conservadores, “falta de Dios”. Pero si hacemos un esfuerzo más allá del prejuicio, encontraremos un síntoma social grave; una fractura social profunda. Y debatir su validez es errar al tiro.  

Aquí es donde radica lo verdaderamente alarmante. Días atrás, el filósofo argentino Nahuel Michalski planteo una crítica con una interrogante letal: ¿Qué tan fracasado ha llegado a ser el proyecto moderno de ser humano, al punto de que hay gente que rechaza de plano identificarse como él?  

Según el análisis de Michalski, hay algo sumamente subversivo en los therians; algo que detona la reacción agresiva de la sociedad —su rechazo absoluto a la identidad humana—. Para entender de mejor manera, este filósofo traza una comparativa brillante con la figura de Friedrich Nietzsche. Nos sitúa ante el concepto de la transvaloración de los valores, pues argumentó que el ser humano no posee una entidad completa, sino más bien algo que debe ser superado, una transición. En —Así habló Zaratustra —, crea una analogía del hombre con el mono para enfatizar esa situación de cambio y transición. Y es aquí donde surge una tensión interesante.  

La academia discute esta desconstrucción de la identidad humana, pero cuando se presenta en las páginas de un libro; es considerada una genialidad filosófica. Ahora bien, la respuesta social se traduce en burla o marginalización inmediata cuando ciertas formas contemporáneas de cuestionamiento de la identidad se expresan en la cotidianidad. Querido lector, ¿se da cuenta usted de la doble moral del ser humano? No se quiere decir que ambos fenómenos sean iguales, sino preguntarnos por qué se acepta la crítica abstracta a la noción de “lo humano”, pero nos incomoda cuando esa crítica adopta formas visibles y corporales. Quizá porque en un libro las ideas se encuentran contenidas en el plano de lo conceptual, mientras que la práctica nos obliga a confrontar los límites reales de lo que se cree estable.  

Comparto plenamente el núcleo de esta reflexión impulsada por Michalski, y considero que el análisis aún debe ir más allá para entender el por qué de estos acontecimientos. La raíz de los problemas actuales radica en la sociedad que hemos heredado y aceptado vivir.  

Hoy en día, pertenecemos a una civilización zombificada, sumergidos en un letargo digital sin fin, horas scrolleando y consumiendo contenido masivo y caótico. A este estado de saturación y desasosiego lo conocemos hoy como brainrot (deterioro mental), que nos está pasando una factura altísima. Al estar inmersos en esta inercia digital y desconectados de la realidad tangible, nuestra identidad se ha vuelto sinónimo de ansiedad, de agotamiento, por lo cual no creamos un criterio propio; la autoestima colectiva se ha desmoronado y una desconexión emocional profunda ha brotado. Frente a este vacío, la pertenencia se vuelve refugio ante la ausencia. La identidad, antes una construcción introspectiva, se transforma en un mecanismo de arraigo, pertenecer a un medio, una tribu o una etiqueta para eludir la sensación de aislamiento. Lo realmente inquietante es, qué tan rotos estamos como seres humanos, que existe esa constante necesidad de rechazar la identidad como especie, lo que nos pone como evidencia una fractura social inmensa.  

En el plano más profundo, no es una cuestión de dictaminar si estoy de acuerdo o no con ellos. Mi intención aquí es, pura y llanamente, invitarnos a reflexionar. Claro está que los seres humanos tenemos el derecho inalienable a la libre expresión y a manifestarnos como mejor nos parezca, entendiendo que pertenecemos a un mundo de constantes cambios, por lo que irremediablemente surgirán nuevas identidades y formas de expresión que romperán con lo tradicional.