Galo Guerrero-Jiménez
Para conocer el mundo de fuera y el mundo de nuestro yo interior, y empoderarnos de él, hay varias vías: una, a través del estudio formal en la escolaridad y en el nivel superior universitario; otra, a través de la familia; un tercera, a través de la sociedad, incluido el ecosistema en el cual nos desenvolvemos; una cuarta vía es a través del turismo, de los viajes que podamos realizar local, nacional e internacionalmente; la quinta vía es a través de la experiencia diaria, cotidiana y de contacto con el prójimo; pero, a mi entender, la vía más exquisita, la más idónea, la más formativa, y en la que nos encontramos con los dos mundos: el de fuera y el de nuestro yo interior, es a través de la lectura de textos selectos que, en efecto, nos puedan impactar desde la ficcionalidad que portan, como el caso de la literatura, o desde el análisis del conocimiento que el escritor lleva a cabo en alguno de los campos del saber científico, humanístico y cultural.
Pues, la escritura de quienes ejercen esta tarea tan humana, tan vivificadora, tan llena de vida, tiene como misión, desde la más alta compostura intelectual del escritor: “Promover la formación del ser humano como líder de sí mismo, como ser autónomo, protagonista de su historia y corresponsable del bienestar social” (Cury, 2024) que lo constituye al lector desde varias circunstancias de escritura, de géneros, de discursos y, hoy, aprovechando la tecnología digital para divulgar el conocimiento y la sabiduría más fina de los escritores que trabajan con la palabra hasta lograr que esa lectura, y dependiendo de quien la ejerce, pueda sentir que “el libro es una herramienta que alimenta, testimonia y orienta la historia a la vez que crea las condiciones para desarrollar la riqueza cultural y lingüística de los pueblos” (Juncosa, 2003) como el testimonio de lo que la mancomunidad universal o local puede llevar a cabo en el transcurso de su existencia; y, todo, para que el lector sea el protagonista de ese historial ficcional o engranado desde el conocimiento filosófico-ensayístico y/o científico que el escritor quiera divulgar para el entretenimiento más sano y, fundamentalmente, de formación que adquiere todo aquel que desee libre y decididamente, formarse desde el ámbito lector.
Por supuesto, hay que considerar que “la escritura es un continente gráfico donde la más ligera variación ‘formal’ de prosodia o puntuación, podría hacer tambalear los supuestos contenidos, tanto que la lectura de un mismo texto puede vaciarse en sí misma o llenarse de prestigio según dónde y cómo se publique” (Égüez, 2003); y, también, cómo la asuma y la interprete el lector, con el conocimiento adecuado sobre el lenguaje, o con la mediana o poca luz lingüística que al respecto tenga para conocer, interpretar, disfrutar y valor el texto leído.
Al respecto, este continente gráfico de la escritura, sufre una serie de variaciones nocivas en el internauta que, a través de las pantallas digitalizadas, cuando excede en sus intervenciones telemáticas y poco proactivas para ejercer una lectura pausada y concienzuda cognitivamente de temas selectos en su accionar lingüístico, puede intoxicarse digitalmente, desarrollando ansiedad, insatisfacción crónica y dificultad para lidiar con el estrés y dimensionar las experiencias, con las que bien podría estudiar, jugar, practicar deportes, hacer amigos reales y aventurarse a leer, como señala el siquiatra brasileño Augusto Conte (2024), a través de una educación inteligente que, “con límites saludables, nos brinda protección, propicia la madurez, la solidaridad, la complicidad, la interacción social, la resiliencia y la capacidad de trabajar pérdidas y frustraciones, y también de asumir riesgos con responsabilidad” (p. 17) intelectual, emocional y tecnológica para que desde el condimento de la ensoñación y realidad lectoras, podamos buscar los espacios y el tiempo más adecuado para darnos el lujo de un buen baño de humanismo a través de la palabra selecta, conversacional y amorosamente sentida.
