CIEGOS DE CORAZÓN

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Nos encontramos en medio de un camino que nos lleva a vivir con intensidad la Semana Santa, tiempo de reflexión, conversión y compromiso con nuestra identidad de creyentes, configurados con la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Aunque redundemos en una expresión, que nace de la sencillez de un corazón noble, hemos de recalcar que los caminos de Dios son perfectos. Una sección importante de textos que perduran en el Antiguo Testamento, los Libros Históricos, recogen acontecimientos que marcaron los comienzos de la vida del pueblo de Israel.

Los libros de Samuel, como otras narraciones, relatan la presencia de Dios muy cerca de ellos, en sus luchas diarias y en sus procesos de configuración social y madurez espiritual. Israel busca un nuevo rey. Samuel, hombre de fe, discierne para elegir al sucesor de Saúl, su primer monarca. Nombra a David. Ungido, y proclamado delante de sus hermanos, asume un protagonismo que marcará un presente y un futuro: “El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor en los corazones”. David, con un corazón de pastor, supo iluminar los senderos oscuros de sus hermanos. El autor del Salmo 22 plasma con sobriedad el perfil del líder, mezcla de confianza y fe: “El Señor es mi pastor, nada me faltará…hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas… aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo.

Tu vara y tu cayado me dan seguridad”.  Unos siglos después, Jesús llama a Pablo, un hombre que vivía ciego, entre su orgullo y su afán de protagonismo farisaico. Escribe a la comunidad de Éfeso: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz”. Jesús, luz del mundo nos invita a buscar “lo que es agradable al Señor”, porque “los frutos de la luz son la bondad, la santidad y la verdad”. Un paso de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia. Jesús, Maestro y Pastor, en la narración del Evangelio según san Juan nos introduce en una escena en la que predomina la misericordia y la sabiduría de quien ama con un amor sin límites. Jesús ve pasar a un ciego de nacimiento. Le devuelve la vista.

La curación es un signo que exige tener fe y valentía para dar testimonio ante las autoridades judías. Los caminos de Dios, tan valiosos como agua en un desierto, muestran el rostro de un Padre justo y sabio. El ciego, después de recibir la curación, fue humillado públicamente. Sus detractores lo acusaron: “Tu eres puro pecado desde que naciste, ¿Cómo pretendes darnos lecciones?”. El hombre hablaba bien de quien le mostró la belleza del mundo: “Es un profeta”. Jesús le devuelve, otra vez, la esperanza.

Lo anima y lo envía a anunciar su buena noticia. Debe reafirmar su fe, alimento del alma, para empezar una nueva vida: “Creo, Señor”. San Juan concluye este pasaje con una invitación a recobrar la vista, desde un encuentro con la interioridad, signo de paz profunda: “Y postrándose, lo adoró”.  Nos quedamos con la imagen del ciego, a quien nos parecemos. Jesús camina a nuestro lado, entre la gente que cree y duda. Disfrutemos de su luz.