Efraín Borrero Espinosa
Hace pocos días un grupo de allegados a Camilo Borrero Espinosa, nos reunimos bajo el cielo del predio ‘El Aguacate’ —propiedad de los herederos de Gonzalo Eguiguren Burneo, al norte de la ciudad—, para rendirle un merecido homenaje de reconocimiento y gratitud por sus fructíferos cuarenta y cinco años de servicio como Notario Público del Cantón. Entre anécdotas, risas y canciones del alma interpretadas por Pedro Peralta y su hijo —incluyendo una pieza compuesta especialmente en honor a su trayectoria—, disfrutamos de una jornada maravillosa e inolvidable».
“El Aguacate” es parte de la Estancia Florencia, en las faldas del emblemático cerro Sañi, fuera del límite urbano. Su historia está ligada a la figura de Eduardo Mora Moreno, “uno de los pioneros de la literatura realista social e indigenista de la literatura ecuatoriana”, como resalta la Biblioteca Virtual Loja- La tierra de mis juglares, y quien ejerció importantes cargos públicos como el de primer Alcalde de Loja, Gobernador, Diputado y Senador.
A eso se debió que Florencia se haya constituido en el oasis intelectual por excelencia, convirtiéndose en el refugio donde la crema y nata de la cultura lojana convergió para dar vida a un espacio mágico de creación, tertulia y lucidez.
Se sabe que ésta estancia perteneció a la señora Alegría Bermeo Torres de Mora, abuela paterna de Eduardo Mora Moreno, mujer talentosa y de especial influencia social, nacida en 1811 en el matrimonio del español José María Bermeo y la dama lojana Rosa Torres. Contrajo matrimonio con el jurista y legislador Toribio Mora, cuya familia provenía del Perú.
Ella fue heredera de inmensas propiedades legadas por el eminente sacerdote y jurista, Miguel Ignacio de Valdivieso y Carrión, Vicario de Loja, orador de fuste y notable parlamentario, que le profesaba cariño y admiración especiales. Desde entonces esta propiedad se mantuvo como fundo de la familia Mora.
Por Luis Guillermo Quituizaca conozco que “el nombre original de esta estancia fue San Juan, cambiado luego al de Florencia inspirado por el padre de Eduardo Mora Moreno, don Emiliano Mora Bermeo, quien, a su regreso de Europa, cuando viajó en el año 1901, dejara por escrito que así debía llamarse ese lugar que tiene paisajes parecidos a los de Florencia en Italia”.
A propósito de estancia, recuerdo la categorización de los predios rústicos que mi abuelo me enseñó. Decía que la hacienda es una gran extensión de terreno de cientos o miles de hectáreas enfocada en ganadería y agricultura a gran escala. La finca, una propiedad rural de tamaño mediano dedicada a la producción agrícola y algo de ganadería.
La estancia, que es similar a una finca, a menudo asociada a propiedades ganaderas, y la quinta, un predio pequeño usualmente cerca de las ciudades, destinada a descanso, recreo y agricultura menor. También se escuchaba decir por aquel tiempo la cuadra, que es una porción de terreno tipo urbana, de una hectárea de terreno aproximadamente.
El VicarioMiguel Ignacio de Valdivieso y Carrión fue quien dio el discurso de saludo y bienvenida a Simón Bolívar cuando su visita a Loja, en octubre de 1822, haciendo gala de su elocuencia y facilidad de palabra. Realmente era brillante. Eso ocurrió el día diez en el sitio Las Pitas donde Bolívar tomó un descanso.
Fernando Jurado Noboa asegura que “Bolívar abrazó al Vicario y entre los dos avanzó por una calle engalanada con arcos y alamedas de flores, preparada por los esposos Segundo Cueva y Gregoria Villavicencio”. También manifiesta que en el banquete de despedida ofrecido por la familia Burneo, “el Vicario Valdivieso estaba a su derecha y le ofreció un caballo en mantequilla y luego uno de verdad, traído de su estancia Amable María, sabiendo la enorme afición que El Libertador tenía por los caballos finos”.
“Es fama que ese caballo se lo llevó al Perú y es el que figuraría en el Canto a Junín”. Julio Eguiguren Burneo afirmaba que se trataba de un hermoso caballo alazán frontino que lo había adquirido en el Perú.
En la reunión mencionada inicialmente tuve un grato encuentro con mi especial amigo Oswaldo Burneo Castillo, distinguido economista y prestigioso escritor lojano que se ha destacado por su incursión en el campo histórico literario, luego de varios años de estudio por propia vocación, además que su activa vida pública y privada le ha permitido conocer de cerca la realidad de Loja, dándole suficiente sustento para escribir sobre la historia de su provincia. Producto de ese gran esfuerzo es su magnífica e ilustrativa obra “El encanto del último rincón”, que ha sido muy demandada por los lectores que lo tenemos como libro de consulta.
Como a los dos nos gusta conversar temas históricos de Loja, tomamos asiento lejos del bullicio para hablar sobre el Vicario Miguel Ignacio de Valdivieso y Carrión, nombre asociado a la propiedad que nos acogía, y porque en su obra de marras, le dedica el capítulo «El vicario sin cabeza», destacando que, aunque la historia apenas lo nombra, es un personaje de una inteligencia digna de estudio, cuyas versiones sobre su herencia apuntan a una descendencia de gente muy valiosa e intelectual.
En su explicación, Oswaldo hizo referencia a la obra “Historia, tradiciones y leyendas de Loja antigua» del historiador lojano José Jaramillo Palacio, que contiene el relato relacionado con el VicarioMiguel Ignacio de Valdivieso, tal como lo hace en “El encanto del último rincón”, advirtiendo que Jaramillo Palacio encuentra cierta vinculación con aquella repetida y popular leyenda del “Cura sin cabeza”.
La parte esencial del relato dice textualmente: “Cuando estrecharon amistad María Félix y Miguel Ignacio, excursionabana caballo por las alturas que rodean Vilcabamba, renombradas por los rosados jurupos, las carnosas orquídeas y un aire puro y transparente que vuelan los pájaros como burbujas dentro de una bomba de cristal, y por las haciendas del cercano valle de Piscobamba, prestigiadas por leyendas de tesoros escondidos y por una opulenta vegetación tropical.
Continúa expresando. Conforme fue avanzando el tiempo, de las conversaciones agradables pasarían a una conturbadora conversación íntima, a un enternecimiento que les envolvería en una alegre luz dorada, y como “no hay burlas en el amor, porque en verlas las burlas se truecan”, el rato menos pensado, una especie de sacudida eléctrica les empujaría insensiblemente a intercambiar confidencias en voz baja, de corazón a corazón, y, en un arrebato de frenesí, sin ver ni entender nada de lo que ocurría, sin saber lo que estaba bien y lo que estaba mal, terminarían confundiendo sus almas y sus cuerpos”.
Como consecuencia de ese apasionado e íntimo romance nació un hijo que llevaría el nombre de José María Valdivieso Carrión, aunque Oswaldo Burneo aclara que en la genealogía de los Carrión es Valdivieso Jaramillo.
Obviamente que la situación para Miguel Ignacio de Valdivieso y Carrión, un cura respetable, prestigioso y al que todos admiraban, fue por demás embarazosa, por eso viajó a Quito para excusarse de la carrera eclesiástica. De su parte, María Félix, optó por acogerse a los hábitos de las Madres Conceptas en Loja.
Pero por encima de todas las circunstancias el cura no había olvidado a su amada recluida en el monasterio, y como comenta Oswaldo, “parece que repentinamente apareció en Loja un “siniestro” bulto que recorría raudo las calles de la ciudad a altas horas de la noche ocultando su identificación. Esa aparición nocturna se mantenía en secreto y cuando la gente lo veía creía que se trataba de un fantasma, porque el espectro recorría las desoladas calles de la ciudad sobre la cabalgadura y envuelto en una capa clerical, sin que pudiera verse su cabeza. Por eso también se hablaba del “cura sin cabeza”.
Oswaldo se paró frente a mí para decirme gesticulando: Efraín, vino lo inesperado, porque el secreto fue descubierto. Algunos trasnochadores tomaron la audaz determinación de acorralar a la fantasmagórica aparición y luego de varios intentos atraparon al engendro. El cura, cubierto hasta la cabeza con su manto clerical, sorprendió a todos cuando mostró ser un hombre normal y muy conocido, cuestión que al siguiente día todo Loja conoció. El romance secreto de quien hasta hace poco ostentó una dignidad eclesiástica fue develado en corto tiempo.
Embelesado y satisfecho con todo lo que detalladamente me narró Oswaldo Burneo Castillo, a quien tuve la dicha de asesorar en el Congreso Nacional cuando ejerció las funciones de Diputado, y el honor de presentar su destacada obra “Crónicas de un Estado Fallido”, en mayo del 2022, nos incorporamos a la reunión social en plena efervescencia para seguir disfrutando momentos de fraternidad y cálida amistad.
No obstante, me quedé con la sensación de que Miguel Ignacio de Valdivieso y Carrión envejecería contando las piedras de la calle de las Conceptas y midiendo su fe contra su deseo; así mismo, entendiendo que no volvió a ver el rostro de su amada, porque la puerta del convento nunca se abrió, me imagino que la vida de tan destacado personaje se fue en suspiros.
