UN REY EN UNA CRUZ

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La vida de Jesús narrada en los relatos de los cuatro evangelios, Juan, Lucas, Marcos y Mateo, han llegado a nosotros como fruto de una profunda fe que cambió la historia de la humanidad. El mundo gira en torno a la mirada llena de misericordia del Verbo, Salvador, Señor e Hijo de Dios. La Buena Noticia, el anuncio de un Reino de Paz y Justicia, llegó a nosotros a través de un rey humilde y glorioso desde un pesebre, una cruz y un corazón lleno de misericordia. En un domingo, Jesús entra victorioso a la ciudad santa, Jerusalén, que acoge a los profetas y los mata. Dos ancianos, Simeón y Ana, Ana, actualizan las profecías del Antiguo Testamento. Con la iluminación del Espíritu Santo anunciaron la identidad de un ser humano, frágil y humilde, luz de las naciones y signo de contradicción.

La lógica divina decodifica la lógica humana. Los caminos de Dios, paradoja y bendición, tienen un destino definido: la salvación de la humanidad. San Mateo, desde su cercanía con Jesús nos introduce en las entrañas de un drama con un desenlace impactante. Presenta a Jesús frente a un procurador, ambiguo y emblemático, llamado Pilato. Todo hombre, acusado por supuestos delitos, justos o injustos, debía someterse a un interrogatorio. Jesús no es la excepción. Las preguntas giran en torno a la existencia de un nuevo monarca: “¿Eres tú el rey de los judios?”. Jesús responde, entre la altivez y la verdad: “Tu lo has dicho”. Su silencio ante las acusaciones  de los sumos sacerdotes y los ancianos los deja sin palabras: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?”. Las palabras que deben pronunciarse en ese momento ya fueron dichas en toda su predicación apostólica. Jesús aprendió de su madre, María, a guardar las cosas en el corazón.

La libertad de Jesús, frente a la de un preso famoso, llamado Barrabas, tiene un precio: la crucifixión. Pilato tiene que decidir. Su dilema resuelto con una simple diatriba diplomatica provoco el principio y el fin de una crónica escrita con sangre inocente, derramada por cada uno de nosotros: “Pilato pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allå ustedes”. San Mateo recoge, con sutileza, la expresión popular, que denota vileza y culpabilidad: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos!”.Pilato puso en libertad a Barrabas, hizo azotar a Jesus y lo entregó para que lo crucificaran. El relato de la historia continúa y culmina con el grito de Jesús, que, desde un silencio de amor, va a retumbar hoy y siempre en los confines del cosmos. Jesús expira. “El velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba hacia abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron”.

Las palabras de Mateo llegan a nosotros con la fuerza incontenible de un viento helado y cruel, que hiere la intimidad más profunda. Nos corresponde hacer nuestra la profesión de fe del oficial y de los custodios del cuerpo de Jesús: “Verdaderamente este era Hijo de Dios”. El Rey que nació humilde en un portal, muere glorioso en una cruz.