Efraín Borrero Espinosa
Lejos de ser una exposición de arreglos florales o de jardinería, como alguien podría pensar, los Juegos Florales del Colegio Bernardo Valdivieso eran un certamen literario de gran prestigio, que formaba parte esencial de la vida cultural de ese establecimiento educativo y de Loja; es decir, eran la plataforma para el florecimiento de las letras lojanas.
Bien podría asegurar que se constituyeron en las olimpiadas de la palabra y en el escenario donde el intelecto bernardino se vestía de gala para demostrar que en Loja hasta el aire que se respira tiene ritmo y rima.
Los Juegos Florales surgieron en el marco del auge cultural del Colegio Bernardo Valdivieso a principios del siglo XX, concretamente en 1918, integrando a estudiantes y profesores en una celebración que mezclaba el rigor académico con el arte literario. En 1919 Clodoveo Jaramillo Alvarado decía: “con justicia se le ha asignado a Loja el lugar que correspondía entre las primeras ciudades intelectuales del Ecuador”.
El Colegio Bernardo Valdivieso fue el impulsor del desarrollo cultural, académico y social de Loja; era el crisol donde se forjaban los escritores, poetas y críticos del mañana. Por sus aulas ha pasado todo lo que Loja ha tenido de notable. Contaba con su propia imprenta y con la primera y más importante biblioteca de la ciudad.
Bajo el paraguas de los Juegos Florales, los estudiantes activos y otros recién graduados fueron los protagonistas de esa lid literaria, con el total apoyo y respaldo de autoridades y profesores del Colegio.
Sin embargo, es preciso aclarar que el evento de los Juegos Florales no fueron una creación del Colegio Bernardo Valdivieso; seguramente sus promotores conocían esa tradición literaria inspirada en las celebraciones de la antigua Roma y relanzada en Europa y América durante los siglos XIX y XX.
Como ejemplo, cabe citar algunas ciudades hispanoamericanas que han organizado juegos florales de gran prestigio. En Ciudad de México, se celebran desde finales del siglo XIX, destacando los de 1902 por la participación de Amado Nervo. En Santiago de Chile, estos certámenes marcaron un hito en 1914, cuando Gabriela Mistral obtuvo su primer gran premio con Sonetos de la muerte. Asimismo, en Lima, la Universidad de San Marcos organizó la edición de 1916 en la que resultó galardonado César Vallejo. Ese mismo año, en Caracas, Luis Alejandro Aguilar (director de La Revista) inauguró esta tradición en territorio venezolano.
En esos eventos se mantuvo vivo el formato de premiar con una “Flor Natural” a las mejores composiciones literarias. Esas flores estaban representadas por la Gardenia de Oro, Violeta de Oro y Jazmín de Plata, con cuyos trofeos se premiaba a los triunfadores. Igualmente ocurrió en el Colegio Bernardo Valdivieso, en el que, además, se otorgaba diplomas de oro.
Pienso que también pudieron haber sido un referente los Juegos Florales organizados en Quito, cuyos registros históricos datan desde principios del siglo XX. Existe documentación de un «Libro de los Juegos Florales» publicado en 1919, que recopila obras poéticas y literarias de un concurso de la época.
En otras ciudades del Ecuador se organizaron posteriormente; por ejemplo, en Ambato se instituyeron oficialmente en 1950 mediante ordenanza municipal, como parte de la Fiesta de la Fruta y de las Flores, y en Riobamba se crearon en 1964.
Lo que hay que destacar del Colegio Bernardo Valdivieso es la solemnidad con que organizaba este evento cultural, que entre otras cosas comprendía la designación de la Reina de los Juegos Florales acompañada de su corte de amor.
Es evidente que en una ciudad tradicional como Loja las costumbres sociales estaban profundamente arraigadas a las instituciones. Recuerdo desde mi niñez que para las fiestas novembrinas se designaba Reina de Loja por parte de un Comité Organizador, acompañada por seis hermosas jóvenes que constituían su corte de honor – no de amor como en los juegos florales – las que elegían a sus caballeros.
En un acto lleno de glamour que se llevaba a cabo en el Teatro Bolívar, se las exaltaba, una por una. Los encargados de esa fina y delicada tarea eran reconocidos poetas, como Marco Antonio Muñoz, Leonardo Burneo Valdivieso y Carlos Alberto Palacios.
Como queda dicho, los Juegos Florales se instituyeron en el Colegio Bernardo Valdivieso en 1918, en cuyo certamen se destacó como triunfador Benjamín Carrión Mora. Sobre los Juegos Florales que se realizaron en 1923 puedo dar razón en detalle porque tengo en mi poder la Revista del Colegio Bernardo Valdivieso publicada en mayo de 1924, dedicada íntegramente a resaltar ese magno evento.
Utilizando la técnica de la plumilla, que era la predilecta de los ilustradores cultos de la época, en la primera página interior consta el dibujo estético de una musa con la antorcha en alto y al fondo el paisaje de una campiña con una montaña. No cabe duda que se trata de una alegoría que personifica la excelencia académica y literaria que el Colegio Bernardo Valdivieso buscaba proyectar. Evidentemente, la antorcha simboliza la luz del saber concibiendo a la educación como herramienta para iluminar el futuro de la juventud lojana, y la campiña es nuestra pequeña ciudad custodiada por el Villonaco.
En la segunda página está la Dedicatoria, que a la letra reza: “La Revista del Colegio Bernardo Valdivieso al iniciar la segunda etapa de su vida, se inclina reverente ante S.M. María Teresa 1ra, Reina de los Juegos Florales, y su Corte de Amor; y en un acto de unción y recogimiento, deshoja ante sus plantas, las rosas subjetivas del ensueño, brotadas en un lírico jardín espiritual”.
En la tercera página está la foto de la Reina de los Juegos Florales, la espiritual María Teresa Mora; y, en el resto constan las publicaciones de los trabajos literarios concursantes.
María Teresa Mora estuvo acompañada de su Corte de Amor integrada por Rosa Elvira Vélez, Luz Benigna Espinosa, Carmen Delia Vélez, Rosa Cueva, Guillermina Cevallos y Mercedes Puertas.
La sutil encomienda de rendirles pleitesía recayó en la pluma y voz del joven Manuel Agustín Aguirre. Por supuesto que el acto no se realizó en el Teatro Bolívar porque estaba en construcción, sino que se engalanó el salón principal del Colegio.
Manuel Agustín Aguirre exaltó a la reina diciéndole en su parte inicial: “Su Majestad María Teresa 1ra. “Su alma luz que se consume hecha amor, / es el perfume de una flor espiritual; / lo dulce de una sonrisa, / o la música imprecisa / de una lira de cristal”.
En dichos juegos florales, cuyo promotor fue Benjamín Ruiz y Gómez, concursaron varios estudiantes quienes estaban conscientes que cruzar ese umbral era el rito de iniciación para los futuros escritores y oradores. Entre ellos estuvieron: Pablo Palacio, Alfredo Mora Reyes, Eduardo Mora Moreno y Juan Francisco Ontaneda.
Los jóvenes laureados no tardaron en florecer como la vanguardia de la intelectualidad lojana, consolidando un legado de pensamiento que ha honrado a nuestra ciudad.
El jurado calificador estuvo integrado por Carlos Manuel Espinosa, Manuel José Jaramillo, Adolfo Valarezo, Clodoveo Jaramillo Alvarado y Luis Cueva. Cuando ellos se reunían para analizar los trabajos presentados y dar su veredicto, se decía que estaban en consistorio.
Máximo Agustín Rodríguez fue el “Mantenedor” de esos Juegos Florales. Era un título de gran prestigio intelectual y su función se contraía a velar que el concurso mantuviera su nivel y espíritu literario. Había ingresado al Colegio Bernardo Valdivieso como profesor de gramática en 1908 y luego de otras asignaturas, entre ellas literatura.
Los triunfadores en el concurso de prosa fueron Pablo Palacio y Alfredo Mora Reyes; el primero se hizo acreedor a la Violeta de Oro y el segundo al Jazmín de Plata. En el acto de premiación primó un ambiente festivo y de sincero reconocimiento por parte de profesores y estudiantes.
Los juegos florales del Colegio Bernardo Valdivieso no solo fueron un certamen, sino que consagraron la época dorada en la que ese establecimiento educativo se consolidó como el faro cultural que iluminó el apogeo lírico de Loja.
