El mundial y nuestra identidad

Fernando Cortés Vivanco

Ecuador empató con Curazao y muchos lo vivieron como una derrota. Días después venció a Alemania y el país estalló de alegría. Entre ambos partidos no cambió únicamente el marcador: cambió la manera en que nos miramos.

Frente a Curazao parecía existir una obligación de ganar. Frente a Alemania, la esperanza era tímida. Esa diferencia revela una jerarquía que no está sólo en el fútbol. El empate golpeó una superioridad imaginada; la victoria rompió una inferioridad también imaginada.

Manuel Espinosa explica que la identidad ecuatoriana está atravesada por mezclas, negaciones y persistencias culturales. Somos un país que muchas veces practica lo propio, pero duda de su valor. Por eso vencer a Alemania se sintió como algo más que un resultado: fue una breve reparación simbólica.

La identidad no es una esencia guardada en una bandera. Bolívar Echeverría la entiende como algo que se cultiva, se cuestiona y se transforma. La cultura no consiste en conservarnos intactos, sino en reconocernos en el encuentro con otros. Eso ocurrió cuando miles de ecuatorianos, muchos de ellos migrantes, cantaron Nuestro juramento en Nueva Jersey. Se reconocieron en una canción triste y, al cantarla juntas, la transformaron en alegría. Allí apareció algo profundamente barroco: la capacidad de habitar una contradicción sin necesidad de resolverla. Nos alegramos con una melodía de dolor, convertimos la nostalgia en fiesta y, mediante voces distintas, sentimos que éramos uno. La canción dejó de ser únicamente una obra musical para convertirse en un espacio colectivo.

La celebración mostró algo más: por unas horas, el país dejó de verse desde la polarización política. La alegría compartida produjo una efervescencia colectiva, una sensación real de pertenencia. Para Bolívar Echeverría, la fiesta es una ruptura de la rutina: un momento en el que la comunidad suspende el orden cotidiano y reconstruye imaginariamente su manera de convivir, como una breve “revolución” simbólica. En ella no sólo expresamos una identidad que ya existe; la recreamos juntos. No desaparecieron las diferencias, pero dejaron de impedir que cantáramos y actuáramos como parte de un mismo país. El festejo no resolvió la polarización, pero mostró que nuestra identidad también puede cultivarse desde la alegría compartida y no solamente desde el conflicto.

Conviene no idealizar ese instante. Un gol no resuelve el desempleo, la inseguridad ni las otras crisis socioecológicas que tenemos. Pero sí revela una posibilidad: podemos construir comunidad más allá de las diferencias. Un Ecuador minga.

Confío en un país con profundo deseo de convivencia, que se fortalezca en la diversidad y construya desde el mutuo respeto el verdadero sentido de la democracia.