Voluntad, acción y talento

Ahora mas que nunca, la voluntad y la acción deben imponerse a la desidia, al conformismo y a las meras intenciones. Digo esto, porque el ser humano para abrazar sus grandes objetivos debe plasmar sus dones, virtudes y  talentos en  acciones, en hechos y en obras. Nunca olvidemos que todo lo que no se exterioriza en acciones se pierde en el tarro de los desperdicios del tiempo y en el sarcófago de la intrascendencia.

Para ejemplificar aquello, fijémonos en quien teniendo una melodiosa voz jamás canta; en quien siendo dueño de habilidades para practicar el fútbol no topa con sus pies un balón; en quien, siendo dueño de habilidades para la administración, jamás emprende un negocio; en quien, teniendo dotes para la creación tecnológica, no produce nada; o en quien, teniendo un inmenso corazón, no intervienen en actos de solidaridad.

De ahí que es de interés para el bien común  que  nuestros dones, virtudes y talentos se trasladen hacia el fértil terreno de la acción en el que, con ímpetu, pasión y fe, podamos hacer brotar lo que llevamos dentro. Al hacerlo, no solo honraremos nuestro propósito de vida, sino que contribuiremos a justificar la perpetuidad de nuestra especie.

La acción y la voluntad tienen tal magnitud que incluso pueden suplir cualquier falta o deficiencia de talento en el individuo, lo que siempre será insustituible es la acción. Mencionaré un ejemplo que podría ilustrar lo dicho. En sus primeros años, Napoleón Bonaparte, quien llegó a ser el Emperador más grande e importante de Francia, no presentó cualidades para el liderazgo militar; es más, sus biógrafos lo han identificado como un joven retraído, temeroso del contacto social, carente de facilidad de palabra, de baja estatura (en ese entonces una limitante para ingresar a la carrera militar) y para remate, oriundo de Córcega, una isla que, en ese entonces, recién habría sido integrada al territorio francés. Dicho de otro modo, Bonaparte no fue en sus inicios el más talentoso de los franceses para llegar a ser el más grande estratega militar, pero en compensación de aquello, fue dueño de una enorme e inquebrantable voluntad de hierro para alcanzar todo lo que se propuso, con lo cual suplió de largo cualquier limitación que pudo haber tenido inicialmente.

 Está claro que en el complejísimo escenario de la vida no es fácil exteriorizar nuestro talento, sea por inconvenientes económicos, por limitaciones de tiempo, o por los muros sociales que encierran a ciertas sociedades pacatas; sin embargo, para hacerlo, quedará  siempre abierta la puerta de la voluntad, de la acción y de la perseverancia.  

Todo ser humano viene al mundo con algún talento y es deber ineludible encontrarlo, pulirlo, honrarlo  y hacerlo trascendente mediante la acción.

Tengamos siempre en cuenta que en la vida no triunfan los talentos sino las voluntades.  Manos a la obra, estimados lectores.