Dios existe…

P. Milko Torres

“De lo que no se puede hablar es mejor callar”, decía el filósofo austríaco L. Wittgenstein, y se refería a “temas” como: Dios, el mundo, la libertad, etc. “De lo que no se puede hablar…es mejor intentar decir algo, creo yo: con respeto, pero con claridad y firmeza.

Porque lo que se pone en juego en estas situaciones es la imagen de Dios: ¿Quién es el Dios en el que se basa mi fe y cómo se relaciona con la historia?” (M. Moore, ¿Un Dios ‘anti-pandemia’, un Dios ‘postpandemia’ o un Dios ‘en-pandemia’?). La epidemia que nos afecta, involucra inevitablemente a la religión. Tratamos de reflexionar en clave de fe sobre este acontecimiento que sufre la humanidad. Para los creyentes la mirada del corazón se dirige al cielo. La pregunta obligada: ¿Por qué Dios no hace algo? ¿Dónde está Él mientras sus hijos se deshacen en el dolor, y resbalan hacia la muerte? ¿Existe, en verdad algún Dios… y si existe, cómo es?, reflexiona Moore: muchas preguntas. Pero, lo decimos, “Dios está sufriendo en y con los que sufren este flagelo, y también está salvando con y a través de tantos que están arriesgando su vida para que otros vivan.

Es imposible separar el amor de Dios al hombre y el amor del hombre a Dios. Dios sufre por medio de su Hijo en el sufrimiento de cada hombre con el que se identifica. Dios está presente no como aquel que evita el dolor del mundo, sino como aquel que lo padece y soporta y, entonces, es el hombre quien está llamado a evitar el sufrimiento de Dios en la historia. Dicho de otra manera: la pregunta que el hombre dirige al cielo en medio de su dolor ¿Por qué no haces algo?, Dios la devuelve al hombre desde su identificación con el sufriente. Y desde allí nos interpela para que aliviemos su dolor, que es el mismo dolor de su creatura. Dios es el que sufre y es el hombre quien está convocado a dar el vaso de agua para calmar su sed, que es la misma del sediento. Es el hombre el que está hoy urgentemente interpelado para ayudar en esta pandemia. La insolente realidad del mal y del dolor del mundo empuja más al escándalo y la protesta que a la fe; a la duda, más que al asentimiento. Pero también puede ser una ocasión para purificar esa misma fe y descubrir qué es lo esencial en ella. Nos gustaría definirla desde la exhortación que el mismo Jesús nos hace: “misericordia quiero y no sacrificio”. Mientras Dios no llegue a ser “todo en todos” continuará el sufrimiento en el mundo. Se trata, en el mientras tanto, de descubrir a un “Dios en-pandemia” y practicar la misericordia, para aliviar nuestro dolor, que es el suyo”. Hablar de Dios es abrirnos a la construcción de la civilización del amor. Dios está presente en la historia del hombre. Gracias, porque en la pandemia, no nos deja solos. Dios, dolor, hombre, están unidos. Saciemos esta sed de amor.