Verdaderamente libre

Fernando Oñate Valdivieso

El origen de la práctica de la esclavitud no está claro, quizá nació del intento de aprovechar como mano de obra a los supervivientes del pueblo que era conquistado. Quizá la única manera de pagar deudas propias o heredadas era realizando un trabajo que a menudo duraba toda una vida. Lo cierto es que, la esclavitud dejó sus huellas en diferentes países, y a pesar de estar abolida, aún hoy existen prácticas que se le asemejan.

Pero no quiero hablar de ese tipo de esclavitud, quiero referirme a otra distinta, aquella esclavitud que aprisiona, que destruye y de la que muchos no son consientes a pesar de estar inmersos en ella. Me refiero a la esclavitud del pecado.

El profeta Isaías se lamentaba de los que a lo malo llaman bueno y a lo bueno llaman malo y es que vivimos en tiempos en los que hay una generalizada aceptación y tolerancia a vicios y costumbres de dudosa moral y en nombre de lo “políticamente correcto” se está dispuesto a ir en contra de principios y conceptos que hasta hace poco eran incuestionables. Luego nos lamentamos como sociedad ante el incremento del alcoholismo, la violencia intrafamiliar, el consumo de estupefacientes, la indiferencia social, la generalizada corrupción y cada día somos testigos de hechos lamentables que ponen a prueba nuestra capacidad de asombro.

El apóstol Pablo enseñaba que la paga del pecado es la muerte y al haber sido pecadores, todos merecemos pagar las consecuencias. Pero Jesús, por su infinita misericordia, cargó nuestros pecados sobre su cuerpo en la cruz, para que nosotros podamos morir al pecado y vivir para lo que es recto. Jesús fue ungido para traer buenas nuevas a los afligidos; fue enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros. Era necesario pagar un precio y Jesús lo pagó por nosotros, para nuestra liberación.

El mundo está lleno de “buenas personas” que murmuran del prójimo, que mienten con facilidad, que adulteran, codician y en su corazón está todo, menos Dios y a pesar de todas las transgresiones cometidas, consideran que están en el camino correcto y, por ende, no necesitan a Dios en sus vidas. No son consientes de la esclavitud que los encadena o simplemente no desean aceptarlo. Lamentablemente, solo la oveja que sabe que esta perdida puede ser rescatada.

Jesús es el buen pastor, Él dio su vida por sus ovejas. Él va en busca de la oveja perdida. Jesús nos enseña que hay más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento. El arrepentimiento trae perdón y el perdón de Dios trae libertad. Si Jesús es quien te libera, serás verdaderamente libre.