El tiempo de la creación

Juan Luna

El 1 de septiembre fue proclamado como el día de la Oración por la Creación por el Patriarca Ecuménico Dimitrios I en 1989, fue tomado por otras grandes iglesias europeas cristianas en el 2001 y por el Papa Francisco para la Iglesia Católica en el 2015. Este año al celebrar la declaración del “Día de la tierra”, hace 50 años, el Papa Francisco, ha convocado al gran “Jubileo de la tierra”, del 1 de septiembre al 4 de octubre. Es un tiempo propicio para ver y contemplar las maravillas de la creación, para juzgar y comprender; y, actuar en favor de ella por conservarla y preservarla de sus depredadores.

El Papa Francisco, hace 5 años, al promulgar la encíclica “Laudato SI”, nos invitó a la conversión ecológica. Hoy, dice: “es el tiempo para reflexionar sobre nuestro estilo de vida y sobre cómo nuestra elección diaria en términos de alimentos, consumo, desplazamientos, uso del agua, de la energía y de tantos bienes materiales a menudo son imprudentes y perjudiciales. Nos estamos apoderando demasiado de la creación”.

Aquella creación que, desde la mirada de Dios era muy buena (Génesis 1,25), está siendo sobreexplotada, saqueada y devastada en sus recursos; es necesario, por tanto, a nivel personal adoptar estilos de vida más sencillos, respetuosos y coherentes, y los gobernantes establecer políticas públicas de cuidado, respeto y justicia con los derechos de la naturaleza, de los pueblos y culturas ancestrales que la cohabitan.

Vivimos un momento trágico de la historia de la humanidad y de la creación marcada por el pecado, de la codicia desesperada por poseer, de la mal comprendida autonomía, del desarrollismo que, con sus cantos de sirena, anuncia que para “salir de la pobreza” hay que explotar los recursos naturales y minerales, y lo que queda es basura, destrucción, miseria y un abultado endeudamiento externo que han comprometido los recursos por muchos años.

En este ambiente de destrucción, contaminación, de pobreza, el reto para las personas y para los cristianos, particularmente a los católicos, es volver la mirada a nuestros orígenes, a nuestras raíces: ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? La Sagrada Escritura nos responde “somos criaturas a imagen y semejanza de Dios (Genesis 1,27), por tanto, llamados a vivir como hermanos y hermanas en la misma casa común, pensados y constituidos en el centro de la vida, por tanto, llamados a ser custodios de la vida que integra a miles y millones de especies.

Francisco de Asís, en el siglo XIII, nos enseñó a amar y cuidar a todos los seres de la naturaleza, él, a todos los llamó y los hizo hermanos suyos: el hermano lobo, el hermano fuego, la hermana luna y las estrellas, el hermano sol… A todos trató con respeto, a tal punto, dicen sus biógrafos, que era incapaz de pisar a una hormiga. Este sencillo fraile, que dejó los lujos y negocios de su casa paterna, bien sea hoy, ejemplo de respeto, de servicio humilde y de un fiel cuidador de la creación.