El ferrocarril de Loja

Efraín Borrero E.

Salí temprano para realizar una caminata por el parque Jipiro. En el sitio me encontré con Gabriel, talentoso joven profesional, que igualmente deseaba un espacio verde en el que se pueda respirar aire fresco. Los dos con rigurosa bioseguridad, esa palabra que está en la cabeza de todos y la repetimos constantemente, aunque no sepamos de qué se trata.

Caminando despacio iniciamos una amena conversación que finalmente desembocó en el insoslayable tema político. Es muy lindo este parque recreacional, comenzó diciendo. Yo diría parque cultural y recreacional por todo lo que encierra. No conozco otro igual en el país, por eso es un sitio turístico, repliqué.

Hicimos un alto necesario y lo aprovechamos para reconstruir la historia y ubicarnos con la imaginación en el pasado, en el momento en que ese parque era una pampa grande, parte de la finca de doña Amalia Eguiguren, esposa del filántropo Daniel Álvarez Burneo, quien posteriormente donó sus bienes al pueblo de Loja.

Pensamos cómo en esa pampa aterrizó el pionero de la aviación ecuatoriana, Cosme Renella Barbatto, allá por 1924. Que se multiplicaron las manos de voluntarios para adecentar la “pista” y con cal hacer un recuadro para facilitar la visibilidad y brindar seguridad al pequeño avión de una sola hélice, el Telégrafo I. Y que llegado el momento, que fue anunciado la víspera por altoparlantes, niños, mujeres luciendo sus mejores vestidos, hombres, curas y monjas, en fin todo mundo, corrían agitadamente para llegar a tiempo y ver al intrépido aviador surcar el cielo y besar con las tres llantas el suelo lojano. La ciudad había quedado desolada como si estuviese en semáforo rojo en esta pandemia.

Como el terreno quedó en propiedad del municipio, el entonces Alcalde, Vicente Burneo, tomó la inteligente iniciativa de construir allí un parque para que los lojanos disfruten en familia; era sencillo y acorde con la época. El resto de obras y tareas fueron posteriores. Hoy contamos con un espacio digno de mostrarlo a los visitantes.
Seguimos caminando y de pronto Gabriel, apuntando con el dedo, exclamó: allí está su tren. Es de los lojanos, le dije. Comprendí perfectamente a lo que se refería. Fue una iniciativa para perennizar el anhelo del ferrocarril que partiendo de Puerto Bolívar y pasando por Loja llegue a la región amazónica para unir el Pacífico con el Atlántico. Hace muchos años un grupo de patriotas y entusiastas lojanos se empeñaron porque esa monumental obra fuese una realidad.

Le comenté que por Ecuador Espinosa Sigcho, Marcelo Reyes Orellana y Francisco Ludeña León, sabía que el ilustre y preclaro gonzanameño Canónigo Dr. Lautaro Vicente Loaiza Luzuriaga, al que Loja le debe muchísimo por su abnegada y tesonera labor en beneficio de la provincia, fue el primer ecuatoriano que soñó con la construcción de esa línea férrea.

Dicen que era tal la ilusión y vehemencia del Dr. Lautaro por el ferrocarril que en 1910 editó la revista “El Ferrocarril”, como un medio para incentivar y motivar el espíritu de los lojanos, y que en algunas ocasiones hizo desfilar carros alegóricos que simulaban al ferrocarril con niñas que iban como pasajeras dentro del tren por las calles de Loja.
La iniciativa del Dr. Lautaro tuvo eco en destacadas personalidades como Pío Jaramillo Alvarado, Juan Cueva García, Máximo Agustín Rodríguez, Vicente Paz Ayora y Juan Cueva Sanz. Al mismo tiempo se conformó un Comité pro construcción de la obra y se realizaron los estudios técnicos con el propósito de sustentar la presentación de un proyecto de ley que fuera aprobado por el Congreso Nacional.

Afirma Rodolfo Pérez Pimentel, que en 1910, Pío Jaramillo inició una campaña por la prensa a fin de presionar y conseguir la aprobación del proyecto del ferrocarril transamazónico, sosteniendo la tesis de las excelencias de la ruta austral a fin de ocupar realmente el oriente ecuatoriano y dar vida a ese sector de la patria.

Lamentablemente, la situación crítica del erario nacional y la coyuntura política de ese momento dieron al traste con la ilusión de los lojanos, y como señalaba Ecuador Espinosa “todo quedó nada más que en un sueño con grandes pesadillas”.

Seguimos caminando y nos internamos en el parque hasta llegar a la laguna artificial, porque tenía deseo de mostrarle el sitio en el que, alguna vez, se colocó una escultura donada por un extranjero, que se la conoció como la “Venus de Jipiro”, que el rato menos pensado, como por arte de magia, amaneció vestida con minifalda. No puede ser, renegaba Gabriel, cogiéndose la cabeza. Y dónde está, preguntó, entregó su alma al creador, le respondí. Chuta, no puede ser, insistía, los lojanos somos gente culta por eso nos conocen como la cuna del arte y la cultura. Fíjese usted, Efraín, que Albert B. Franklin, un profesor de la Universidad de Harvard, que estuvo por estos lares en 1941, escribió el libro “Ecuador retrato de un pueblo”, en el que hace notorio “que si se pudiera medir la media cultural de un pueblo y si tal cosa existiera, seguramente la de Loja sería de las más altas del mundo”. Y movía la cabeza.

Sigamos caminando, estimado Gabriel, y mejor hablemos de política, usted es una compañía maravillosa. Sin embargo, por su mente rondaba la “Venus de Jipiro”.