Un verdadero revolucionario

Sandra Beatriz Ludeña

Necesitamos gente valiente, capaz de jugarse la vida para vencer la mala hierba de la injusticia. Buscamos gente con principios, que no se confunda ante los engaños que huelen a flor, y tienen formas y colores cada vez más atractivos. Necesitamos verdaderos líderes revolucionarios.

¿Cómo es un revolucionario?, dicen los estudiantes. Un revolucionario es un permanente inconforme, alguien que piensa en los demás antes que en él. Un soñador muy práctico, porque los ideales se ejercitan en su liderazgo.
¿Cómo piensa un revolucionario?, dicen los ciudadanos. Su pensamiento es solidario, busca siempre el bien común, identifica necesidades con denominador social, hace hasta lo imposible para darles voz, para elevarlas a los más altos niveles. Un líder revolucionario, piensa más allá de los límites, mira más arriba de lo máximo.

¿Quién le importa al revolucionario?, preguntan los esperanzados. Su compromiso es con la gente, con los proletarios, con los vulnerables. Para un revolucionario son los débiles los potenciales poderosos, por eso lucha para ellos. No así, los que se jactan de adinerados, ellos no son importantes, pues, con su dinero compran conciencias, transgreden la ley, van por el mundo abusando de otros. Pero, el revolucionario es quien se atreve a darle la vuelta al tapete, crea condiciones de igualdad y justicia social.

Con esos rasgos, hay que dibujar el rostro de los revolucionarios, pues se los busca con urgencia. Yo lo he visto surgir desde las esferas más sencillas, con sus sueños hecho latido, zapatos deportivos, blue jean y camiseta; lo he visto ir sin miedo a hablar por sus representados, rogar, gestionar y arriesgarlo todo.

También, lo he visto con profesión de justiciero, vistiendo formal pero franqueando el límite de la comodidad, gastar suela de zapato caminando en las marchas, portando girones de su corazón que hace flamear, confundirse entre la muchedumbre y levantar la voz por los desposeídos. Lo he visto hacerse callo el cerebro, de tanto pensar el modo para romper las cadenas de lo injusto y arriesgar el pellejo, más allá del sustento, la estabilidad, el prestigio, solo a cambio de decir, “pero, se hizo lo justo”.

Así, los falsos revolucionarios se delatan, son cómodos, no les agrada el esfuerzo, mienten con frecuencia, y tienen doble moral. No son solidarios ni con la madre, al sentir que se requiere un mínimo sacrificio huyen despavoridos. Solo piensan en ellos, son muy egocentristas, les alucina lo fácil, toman atajos, se confunden fácilmente y se inclinan por lo vano, sin importar a quién afectan, no tienen nada de liderazgo. Y al sonreír se les nota los colmillos. ¡Se busca verdaderos revolucionarios!