El pensamiento narrativo en la literatura oral y de lectoescritura como el primer modo de conciencia humana

Galo Guerrero-Jiménez

Aunque se afirma que narrar es un don y que, por ende, no está al alcance de todos; sin embargo, todos los seres humanos somos entes narrativos en el diálogo, en el monólogo, en el silencio, en la soledad y en las conversaciones que colectivamente empleamos a diario en infinidad de espacios para hablar del mundo y para especular sobre esa realidad a través del conocimiento, de la educación, del juego, de los sueños, de la ficción y del poder de imaginación y de inventiva que tenemos para que, desde el amplio campo de nuestra inteligencia lingüística, la palabra aflore gloriosa, espléndida, auténtica, solvente, amorosa, emotiva; a veces dolorosa, atrevida, insultante, pero siempre portadora de nuestra condición humana.

Y, por supuesto, el sector humano que más se ha preocupado para poner en auge, y desde el más alto nivel estético-artístico-socio-cultural, ha sido el campo de la literatura, que desde la oralidad y la escritura en sus múltiples géneros ha logrado escribir páginas excelsas, maravillosas, fecundas, admirablemente descritas y narradas, incluso desde la poesía y el ensayo, circunstancias humanas expresadas con un toque único: estilístico, axiológico y antropológico-simbólico asumido por sus autores y puesto en escena por los oyentes y lectores que asumen su mejor proyecto de vida desde esa realidad de la escucha y escritura que les permite dar un significado a lo que les rodea. La meta, en este caso, “es dar con el enfoque que mejor te sienta en cada ocasión y asegurarte de que es el más adecuado. Puede vincularse al modo de mirar o al modo de sentir” (Kohan, 2013) cada acontecimiento leído o escuchado desde la mejor posición subjetivo-hermenéutico-fenomenológica que la capacidad mental y contextual del oyente y/o lector  le permite asumir con la plena convicción  de que, desde esta óptica, la vida es más vivible, más auténtica, más humana y, sobre todo, más sensible para entender y valorar el fragor de los acontecimientos humanos que a diario pululan en todos los órdenes de la vida social.

Desde la narrativa, por lo tanto, nos contamos lo que somos, lo que vivimos, lo que deseamos, quienes somos, para qué estamos, por quien vivimos, por qué gozamos o por qué sufrimos, y todo porque “la estructura del ser humano es narrativa. ¿Qué quiere decir? Que necesitamos contar, contarnos y ser narrados. Hay quienes lo llevan al extremo y lo hacen con pasión” (Kohan, 2013), porque saben que “la palabra puede abrir horizontes, transmitir esperanzas y contagiar alegría” (Padovani, 2014), tal como lo han hecho miles y miles de narradores orales, docentes y escritores de toda índole que con su talento narrativo han podido poner en escena lo más substancial que posee el ser humano: su palabra, es decir, su honda contextura humana.

Desde estas circunstancias, “el pensamiento narrativo fue, entonces, el primer modo de conciencia del hombre, que le dio sentido a sus experiencias, continuidad, una ‘secuencia’ a los eventos vividos, a los acontecimientos inesperados, a los hechos particulares para los cuales no tenía una explicación” (Padovani, 2014), pero que, con su ingenio, producto de su estructura neurológica, ha podido organizar las circunstancias más vitales de la existencia humana; y todo porque la narración oral y de lectoescritura, “emerge como el hilo que teje el relato existencial y la estructura psicológica de cada sujeto. El modo de pensamiento narrativo es ese contarse historias de uno en uno y, al hacerlo, construir significados mediante los que nuestras experiencias adquieren sentidos” (Padovani) de prolijidad, de raciocinio, de emocionalidad y de una adecuada competencia y compartencia comunicativas para encontrarnos con el prójimo para hablarnos, escucharnos, leernos y escribirnos desde la circunstancia narrativa de la que, en esencia, estamos hechos.