Crisis, pandemia, iglesia

P. Milko René Torres Ordóñez

No estamos preparados para asumir la realidad, consecuencias y condicionamientos de esta crisis, denominada “nueva normalidad”. Reflexiono y encuentro algunos factores que nos mantienen, y nos mantendrán, alertas. Viviremos con las secuelas de la guerra biosanitaria durante un periodo de tiempo indefinido.

Compartimos diversas, valiosas, reflexiones. Iluminadoras y cuestionantes. Hago público, ahora, el análisis del Cardenal Walter Kasper, eminente Teólogo. Señala: Muchas experiencias individuales y, sin embargo, una experiencia común que une a todos en una comunidad de destino. Cierto que estamos ya demasiado acostumbrados a oír cada día noticias de catástrofes. Pero son catástrofes que ocurren en algún sitio lejano, en Asia o África; ahora se trata de una pandemia al pie de la letra, de una crisis que afecta a todo el pueblo, a todos juntos y a cada uno en particular. Para todos significa una abrupta interrupción del estilo de vida anterior, de las costumbres y de las certezas cotidianas tenidas por evidentes. Nos afecta no solo en nuestra vida individual, sino en el conjunto de la vida pública y además a lo ancho del mundo, con una paralización jamás vivida hasta ahora. Metrópolis llenas de vida, aeropuertos, centros deportivos y de ocio, han quedado de repente como desiertos, sin que nadie pueda dar noticia fiable de cuánto va a durar esto. El Cardenal habla, entre otros temas, de interrupción, costumbre, certezas, desorientación. Aunque, a fuerza, de resignación, nuestra vida se ha convertido en una lucha contra todo y todos. La resignación, según mi criterio, no es el camino correcto. La responsabilidad es el arma más eficaz que nos garantiza seguridad y confianza. Una pregunta obligada: ¿Cómo superar la crisis de la Iglesia? Reflexiona el Cardenal Kasper: No es tarea ni competencia de la Iglesia y la teología hacer propuestas para una estrategia de salida ni para superar los retos económicos, sociales y políticos consiguientes a la crisis del coronavirus. Como cristianos, tenemos que saber en primer término quiénes somos, de qué vivimos y qué esperamos. Para mí fue más que una casualidad que la crisis se pusiera de manifiesto especialmente en Pascua. La Pascua ha retirado la piedra que tapaba el sepulcro y ha traído la noticia del Dios que da vida a los muertos. Pascua es la fiesta de la libertad cristiana. Libertad es una palabra grande, la palabra clave de la modernidad. Lo malo de la Pascua de este año fue la ausencia de celebraciones eucarísticas. La Eucaristía es comida, y no podemos compartir el pan eucarístico sin compartir también el pan cotidiano. Todos los cristianos reciben en el bautismo la luz pascual y deben dar testimonio de ella. Pero están los testigos auténticos. Su irrenunciable servicio lo estableció Jesús, la noche antes de morir, en el nítido ejemplo del lavatorio de los pies. Nos corresponde a todos asumir esta crisis con el corazón de la libertad.