El vaso más frágil

Fernando Oñate-Valdivieso

El Ecuador es un país en el que las cifras violencia contra la mujer, ejercida especialmente por su pareja, han ido en aumento. La Organización Mundial de la Salud estima que, a nivel mundial, una de cada tres mujeres ha sufrido algún tipo de violencia por parte de su pareja, transformándose en un grave problema de salud pública y una franca violación a los derechos humanos de la mujer. Hay voces que consideran a este tipo de violencia como el producto de una sociedad patriarcal caduca y en decadencia; a pesar de ello, considero que, si el hombre viviese su relación conforme al evangelio, la realidad sería diferente. Me explico:

El apóstol Pedro nos aconseja “Ustedes maridos, vivan con sus esposas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida”. A pesar de que poseemos iguales capacidades intelectuales, los hombres y las mujeres somos diferentes, y tenemos un propósito distinto en esta vida. Es por esto que el hombre es llamado a ser sabio con su esposa, debe tratarla como al vaso más frágil, siendo consciente que sus acciones, sus palabras, pueden llegar a causar heridas profundas. Un vaso que se rompe no vuelve a ser el mismo así se unan nuevamente todas las piezas.

Por su parte el apóstol Pablo les pedía a los Efesios “Maridos, amen a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. Un hombre debe amar a su pareja de manera incondicional. Jesucristo no se detuvo a ver nuestros errores, Él sabía nuestras limitaciones y pecados y aún así se entregó por nosotros sin pedir nada a cambio. Por el mismo hecho de que hombres y mujeres somos diferentes, pensamos diferente, sentimos diferente y eso es lo maravilloso de una relación, ser diferentes, pero complementarios. Puede haber errores en ambas partes, por eso “sean buenos y compasivos los unos con los otros, y perdónense, así como Dios los perdonó a ustedes por medio de Cristo”. El hombre que ama a su pareja incondicionalmente, se entrega a ella y encontrará esa ayuda idónea que solo una buena esposa puede dar.

“Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”. Aquí el apóstol Pablo resalta un hecho clave. No olvidemos que los esposos son una sola carne y lo que él haga por ella, nunca será demasiado.

Un hombre que pone en práctica la palabra del Señor descubrirá que su esposa es un tesoro único que debe ser cuidado y protegido.