Pensar con rigor y creatividad desde la percepción y la imaginación

Aunque el mundo que vemos tiene su objetividad, es tangible y dinámico, lo cierto es que los seres humanos solo lo interpretamos y experimentamos a partir del grado de conciencia que mentalmente procesamos en nuestra vida interior, subjetiva, emotiva e intelectualmente. Por lo tanto, como dice el neurólogo David del Rosario, el organismo transforma el mundo que vemos (2019); y si no, pregúntele a la gente cómo ve el mundo, y se va a dar cuenta la cantidad de respuestas diversas que le darán al respecto.

De ahí que, educarnos para aprender a ver el mundo de manera que sea factible una adecuada interpretación, es educarnos permanentemente en las prácticas de aprender a pensar lo suficientemente bien, exigiendo a nuestra condición humana para que actúe axiológica, cognitiva, hermenéutica y lingüísticamente dentro de los contextos a los que cada persona pertenece ecológicamente para que actúe positivamente en el proceso de su desarrollo educativo, cultural y social.

Por supuesto que, actuar de conformidad con los mejores procesos emotivos y antropológico-culturales de aprender a pensar con rigor, siempre es con el fin de entender la realidad en todos sus niveles de valoración, lo cual no siempre es fácil, dada la contextura humana que cada individuo tiene para percibir el mundo, cada cual a su manera, y según el nivel de su formación cognitivo y pragmático-lingüístico que cada persona tiene como vector fundamental para orientarse en la vida. “De hecho, la práctica de pensar debe superar dificultades y tentaciones constantes. A veces no nos aclaramos lo suficiente con los conceptos que utilizamos, en ocasiones planteamos argumentos poco correctos, a veces nos dejamos llevar por una comparación inadecuada” (Terricabras, 2005), con lo cual estropeamos todas las buenas intenciones que tenemos cuando se trata de analizar alguna realidad específica, o de expresarnos con algún punto de vista.

Y como el pensamiento está hecho de lenguaje, entonces, “el cultivo del lenguaje es, por tanto, absolutamente prioritario para las prácticas de pensar. Y no me refiero únicamente a utilizar el lenguaje con corrección léxica u ortográfica, sino sobre todo a emplearlo con corrección lógica y sintáctica” (Terricabras, 2005), de manera que podamos tener acceso al conocimiento de forma adecuada, apropiada, oportuna y sin prejuicios. Y, como señala Edgar Morin, “el conocimiento de las informaciones o elementos aislados es insuficiente. Hay que ubicar las informaciones y los elementos en su contexto para que adquieran sentido. Para tener sentido la palabra necesita del texto que es su propio contexto y el texto necesita del contexto donde se enuncia” (1999).

El lenguaje, por lo tanto, desde toda esta realidad contextual, necesita ir en la búsqueda del significado, del rigor, de la expresión adecuada, sabiendo que, por lo regular, el lenguaje cotidiano está cargado de presupuestos, tópicos, imágenes, ocurrencias y de otras circunstancias que nos afectan para que nuestras ideas no siempre sean puras ni incondicionadas (Terricabras, 2005). Por ello, educarnos para un aprendizaje eficaz del pensamiento para llegar a ser dialógicos, analíticos, reflexivos, críticos, imaginativos y apreciativos de las diversas realidades, exige, sobre todo en el campo de la educación escolarizada y universitaria, “enseñar a estimular la imaginación de los estudiantes en cuanto al tipo de mundo en que quieren vivir, la clase de personas que querrían ser y qué les supondría alcanzar su máximo potencial como seres humanos (…). [Pues], en la medida en que la enseñanza estimula la percepción, es una ciencia; en la medida en que estimula la imaginación, es un arte” (Lipman, 2005); de ahí que, además de la ciencia, la literatura y la filosofía, dentro del ámbito de una adecuada interpretación lectora, nos enseñan a interpretar la realidad para conocerla y valorarla desde su máxima consideración humanístico-vivencial.