Imagen, pantalla, discernimiento y sentido crítico

Galo Guerrero-Jiménez

Información que no se fija en el cerebro no produce conocimiento, por ende, no hay saber; y al no haber saber, no se desarrolla la lengua, no surge el pensamiento ni fluida, ni reflexiva, ni lingüística, ni críticamente, peor proactivamente, porque al no haber conocimiento, es decir, información que sea debidamente procesada tanto metacognitiva como metalingüísticamente, ese individuo vive atrofiado intelectual, emocional, estética y simbólicamente porque no tiene elementos de juicio para  apreciar e inmiscuirse en el vaivén de la vida dentro de los procesos científico-humanísticos y socioculturales que hoy se ven afectados por la cantidad enorme de información que en esta era digital aflora en un contínuum  sin precedentes en todo nuestro historial humano.

Y el gran problema es que una enorme cantidad de individuos en todo el planeta no se sienten afectados por esta realidad, sobre todo en el campo de la educación formal en el que al no haber estados de autoconciencia tanto de los maestros cuando de los educandos para que se preparen al más alto nivel axiológico para entender los problemas del mundo, al menos el de los contextos más inmediatos, no habrá manera de hacer que una nación obtenga los más altos talentos humanos para hacer factible que una nación salga de su pobreza material y espiritual en la que está enfrascada.

La pedagoga estadounidense Louise Rosenblatt en 1938 ya sostenía que “la comprensión del espíritu del método científico y su aplicación a los asuntos humanos es el concepto social más fundamental que debería poseer el profesor (…). De hecho, sin esta comprensión básica de la actitud científica cualquier hecho o teoría específicos tomados de las ciencias sociales que él podría introducir en las discusiones sobre literatura confundirán, muy probablemente a los estudiantes”. Y no solo en el campo de la literatura sino en todos los campos del saber humano, puesto que, “lo que necesita el alumno -reitera esta pedagoga- es desarrollar un sentido dinámico de la vida, un sentimiento de que la comprensión de las causas lleva a un mayor control de las condiciones. En lugar de dejarse llevar por la corriente de las circunstancias, será capaz de plantearse metas personales y sociales más racionales, y de comprender mejor las condiciones en que se las pueda alcanzar”.

Y es que, la enorme cantidad de información con el desarrollo tecnológico, debería estar al servicio de lo más plenamente humano para fortalecer el espíritu de compromiso cognitivo para que la preparación en el campo del conocimiento sea la más idónea para procesar toda la información que digitalmente hoy envuelve toda nuestra cotidianidad. Pero no es así. “Más bien parece evidente que la comunicación audiovisual empieza a arrinconar a otros medios de comunicación, en particular aquellos que requieren la decodificación lectoescritora, de manera más preocupante en las capas sociales de menor nivel cultural. Los efectos de ambos sistemas y procedimientos de comunicación son bien distintos. Parece evidente en el estado actual de la investigación que la imagen, la pantalla, desarrolla sistemas perceptivos, procesos mentales y respuestas distintas de lectura. Privilegia la percepción sobre la abstracción, lo sensitivo sobre lo conceptual, la forma sobre el contenido, el espectáculo sobre la reflexión, lo concreto sobre lo abstracto” (Pérez Gómez, 2012).

Al respecto, “el buen uso de Internet supone discernimiento y sentido crítico. Para los niños es particularmente difícil adoptar esta actitud si están solos. Uno de los atractivos de Internet es la rapidez. Los niños hacen preguntas y con frecuencia apenas leen las primeras palabras de la respuesta. ´Leo el primer párrafo; con eso tengo´, dice el joven cibernauta. La mayor parte del tiempo se conforma con esta visita relámpago, como si fuera suficiente con asegurarse de que la información está ahí, disponible en la máquina. De esta manera, se posee la información pero no se va más lejos. No paramos de ir de un sitio a otro; pero ¿qué se nos queda?” (Patte, 2011) para la constitución del saber si no hay conocimiento para que se fije en el cerebro.