Cantamos a las madres que nos enseñan a valorar la sencillez de las cosas

Campos Ortega Romero

En la sociedad,  el ser humano, desde la antigüedad, ha guardado en lo más íntimo de su alma un emocionado sentimiento de amor por la madre. En el pasado los pueblos expresaban ese sentimiento a través de sus diosas. Los egipcios a través de Isis, diosa de la maternidad. Los griegos, por medio de Rea, madre de todos los dioses. El Imperio Romano, por medio de la diosa Cibeles, hija del cielo, madre de Júpiter, Neptuno y Plutón. En nuestro tiempo, se inicia con la tierna historia de una joven activista comunitaria, llamada: Ana Jarvis de Philadelphia, de Norte América, que pierde prematuramente a su madre y concibe la idea de dedicar un homenaje, un día sin igual, para rendirle tributo a la madre, esto sucede en el año de 1903, con su tesón y dedicación logra que el homenaje, de recordación y homenaje a las madres, se convierta en fiesta nacional el segundo Domingo de Mayo en 1914, con la aprobación del presidente Woodrow Wilson, y posteriormente se constituye en día universal de la Madre.

Desde entonces los poetas y escritores, los pintores, cantantes, escultores y oradores, hacen gala de su mejor inspiración y habilidad, para engalanar al ser por excelencia en el día que se le ha dedicado para recordarla, honrarla y festejarla. Mamá, es la primera imagen que se grabó en la mente y en los latidos del corazón del recién nacido, para darle con los años, sentido a la existencia, razón a los triunfos y derrotas, asidero en la marcha hacia la cumbre, sostén ante el abismo inconmensurable, gratitud y recuerdo eternos cuando la perdemos. Mamá es la balbuceante palabra del infante que empieza a reconocerla entre su entorno, será luego la expresión de lo que pide con dulzura, con la risueña semblanza de su rostro, con la tristeza y hasta el llanto. ¡Mamá! dirá en la alegría desbordante, en las satisfacciones del triunfo, en los pesares del fracaso, lo dirá siempre y a cada instante, cuando se aleje, cuando regrese, ¡Mamá! dirá en el último adiós de despedida.

Para la madre, el hijo siempre es el mejor tesoro y recíprocamente, es para el hijo.. Es la riqueza más grande del mundo. El amor que nos prodiga y a raudales, nunca se termina,  los hijos debemos demostrarle que la queremos, tengamos siempre presente que la palabra madre es sinónimo de Amor. Si tienes una madre joven y vigorosa nunca dejes de sentirte afortunado, lucha junto a ella por el presente digno de todo sacrificio,  de la superación y la prestancia, lucha junto a ella por el futuro prometedor que a los dos les pertenece.

Si tienes delante de ti unas pupilas que se apagan como la lumbre del fogón, si tienes aún delante tuyo una faz con los surcos profundos de los años, unas manos temblorosas como palomas grises que revolotean porque ya no pueden volar, en fin, si tienes una madre anciana, no te alejes de su lado, no la desampares.  Por ello cantamos a la mujer madre que sentada en un rincón del patio, ve elevarse la sonrisa de sus hijos, como globos de colores mientras espera…  Espera un mundo en paz para este siglo que comienza.  Cantamos a la mujer ancestral, que elevándose a través de los siglos protege la vida como milagro divino. Cantamos a las Madres, que en su intuitiva sabiduría nos enseñan a valorar la sencillez de las cosas… Cantamos humildemente a la mujer anciana, la de los ojos húmedos y transparentes, la que sentada en el atardecer espera…Espera la ternura, la palabra y no el olvido. Cantamos y saludamos a todas las Madres Lojanas, mujeres de paz que invitan a la consecución de la paz, a incentivar el sol necesario para dorar las sementeras, los caminos de la nueva aurora. Por esto y mucho más: ¡¡¡Madres mil veces, benditas sean Madres!!!. Así sea.