Mujer y madre

P. Milko René Torres Ordóñez

El Evangelio de Juan entregó a la humanidad dos textos bíblicos, entre tantos, que hablan de María y destacan dos dimensiones que trascienden el tiempo, la historia y la vida del hombre de siempre: su condición de mujer y el privilegio de ser madre.

Me refiero al relato de las bodas en Caná de Galilea (Jn. 2, 1-11) y al encuentro con su hijo, Jesús, en la cruz para recibir la misión de ser la madre de la humanidad (Jn. 19, 25-27). En el primer relato, el autor sagrado, dice que se celebraba una boda y estaba allí la madre de Jesús. La presencia de María es clave en este evento familiar y social. Ella ocupa el lugar, el espacio y el tiempo, que son importantes para la sana convivencia y la buena imagen de los anfitriones de la fiesta. Me llama la atención la precisión en los detalles que destaca San Juan. Primero, la Madre está en primer lugar. Luego escribe: fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. No es irrelevante el orden de los personajes, más bien hay una intención manifiesta en Juan para puntualizar el protagonismo de un ser especial. La capacidad de observación y la intuición de la madre logran que el hecho en su totalidad se convierta en una obra maestra: No tienen vino. El único diálogo entre la madre y el hijo es sublime. Miradas de complicidad, palabras de intimidad, camino de misión: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? María es la nueva Eva, la madre de los vivientes: Hagan lo que él les diga. Más que una frase lacónica, la actitud de la madre es inmediata y definitiva. Fe y Testimonio en la vocación y misión de la familia de Nazaret. La continuación en la lectura del texto adquiere niveles muy altos de profundidad y de introspección, de acuerdo a la tipología de san Lucas: Guardaba cuidadosamente las cosas en su corazón (Lc. 2, 51). En el siguiente relato narra san Juan: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre…Una relación familiar cargada de amor y dolor. Juntos en lo bueno y en lo malo, la madre y el hijo. Hasta la consumación de todo y el comienzo de un misterio. La mirada de Jesús es universal, signo de un amor sin límites: Mujer, ahí tienes a tu hijo…El discípulo recibe con determinación la herencia oblativa de Jesús: Ahí tienes a tu madre. La conclusión de esta escena es patética: Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. El hogar, la calidez de una familia espiritual, la filiación incondicional de quien siempre entendió lo que significa ser el discípulo amado. Mujer y Madre. Dos bendiciones, una sola realidad. María cumple a cabalidad su fuerte convicción: continuar descubriendo los misterios de Dios para comunicar al mundo entero que no hay amor más grande que dar la vida por los demás. Resuena en mi memoria la frase conclusiva de Jesús en la cruz: Todo se ha cumplido. En las manos del Padre entregó su espíritu, su todo, a María, Mujer y Madre.