Repensar la idea de vejez

Sandra Beatriz Ludeña

Llegar a la tercera edad con salud hoy es un verdadero milagro, tan raro como que conservemos la dentadura completa, tan poco usual como cumplir sesenta en cuerpo de veinte o como esperar verde en medio de grises.

Quisiéramos que la edad fuera un simple dato, pero con ésta llegan las enfermedades.  Tengo familiares que están en la tercera edad, todos se quejan de dolencias crónicas y dependen de la seguridad social para los cuidados paliativos.  Pero, hoy que el país no puede asegurarnos nada,  los hospitales públicos no tienen un abastecimiento de medicinas y no podemos esperar ni una buscapina, es necesario repensar nuestra forma de envejecer.

Mi padre tiene setenta y siete años, es metabólico crónico y ostenta una larga lista de afecciones; en su visita al médico en la seguridad social, le hicieron esperar por el tratamiento oral, pues, el hospital estaba desabastecido, él tuvo que aguantar.  Un tío, está descompuesto, se cansó de acudir a los hospitales, a contar lo que le duele, para recibir escasa medicina y poca eficacia en calmar sus dolencias.   Así muchos casos de adultos mayores que tienen que ver postergada su atención médica, mientras la enfermedad asecha.

Los hospitales públicos se encuentran abarrotados de historias trágicas y enfermos. Vivimos la “Cultura del descarte”,  pero, ¿funciona?   Creo que no.  La sociedad se revuelca en sus miserias.  Hasta en los hogares se practica el descarte, los adultos mayores tienen que resignarse al dolor, para evitar ser descartados.

Por lo aseverado, hay una población que camina hacia los cincuenta años de edad y es oportuno repensar la idea de envejecer.  Aunque en nuestro medio se escucha vagas opiniones acerca del tema, vejez no es igual a parálisis.  Por esto, describo a una mujer de sesenta años, que es una verdadera veinteañera.  ¿Quién la puede convencer de quedarse quieta? Nadie.

Es una mujer muy activa, ha superado el cáncer y tiene una forma muy vigorosa de enfrentar la vida. Su día es una montaña rusa, súbitas subidas y estrepitosas caídas, mas, nada la detiene.  Preside una organización de ayuda social, en su agenda hay programadas juntas, visitas, eventos sociales, clases para aprender a cuidar la salud, asiste a bailo-terapia, yoga, ejercicios terapéuticos y más.  En su directorio hay una lista enorme de personas adultas mayores que acuden a ella.  Su teléfono suena para contarle que están solos y lo que les duele. Ella se encarga de conectarlos para que se ayuden.

Conozco otra activista de voluntariado, que piensa que la única salida a la enfermedad es la prevención, por eso, aconseja repensar y envejecer sanamente, sabiendo qué se mete al cuerpo, qué se come y cómo se come. “Con esa conciencia, rejuveneces”, —dice entre risas—.