Las políticas de desarrollo humano promovidas por la ciencia y la cultura

Galo Guerrero-Jiménez

En la presentación del libro Crónicas de un estado fallido, de Oswaldo Burneo Castillo, Patricio Jijón Larco expresa un criterio substancial en torno a nuestra realidad actual en el ámbito político-económico-socio-educativo: “El desarrollo humano es el resultado del desarrollo económico entendido como un concepto de orden cualitativo que está directamente relacionado a la salud pública, a la educación, al trabajo, a la seguridad social, ciudadana y ambiental” (2022); en efecto, todos estos factores convergen hacia la obtención de un pensamiento integral en torno a la concepción de una formación plural de todas las instancias e instituciones públicas y privadas, pero, sobre todo, de todos quienes ejercemos individualmente una ciudadanía cuyas actuaciones deben estar encaminadas a introducir en el mundo el mejor y más granado concepto de humanidad, el cual se sustantiva en la intersubjetividad en la medida en que de manera consciente, vital, reflexiva, participa con su experiencia interior, axiológica y estéticamente viable hacia la concepción de posibilidades con apertura desinteresada  para realizar actividades complejas y enriquecedoras como la de aprender a conocer a las personas y al mundo  a través del esfuerzo permanente centrado en el estudio de aquello que nos gusta hacer en el trabajo, en la sociedad y en la familia, de manera que podamos educarnos para un auténtico desarrollo humanístico y comunitario.

Pues, solo desde el estudio consciente del mundo y, por ende, de nuestra realidad comunitaria en la cual estamos inmersos, podremos desarrollarnos integralmente atreviéndonos a saber y a practicar honestamente en la comunidad lo que le es constitutivo a la ciencia, a la educación, a la cultura, a la política y la moral, sobre todo, porque son las disciplinas que más convergen a la consecución de un auténtico desarrollo humano, de manera que, como sostiene Steven Pinker: “Con nuestra comprensión del mundo promovida por la ciencia y nuestro círculo de compasión expandido mediante la razón y el cosmopolitismo, la humanidad pueda progresar en términos intelectuales y morales. [De esta manera,] (…) los sistemas creados por los humanos como los gobiernos, las leyes, los mercados y los organismos internacionales son un blanco natural para la aplicación de la razón a la mejora del hombre” (2021).

En efecto, cada cual desde las condiciones de vida que poseemos, estamos llamados a contribuir consciente y axiológicamente con nuestro contingente humano, puesto que “por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso” (Pinker, 2021) será factible salir de la mediocridad con la cual hoy convivimos, lamentablemente por no hacer el esfuerzo de formarnos para la concepción de una cultura que nos permita construir los ladrillos de la vida con una energía nuclear fuerte, razonada, emotiva y ecológicamente encaminada a impulsar el progreso de nuestra sociedad, puesto que “la vida es la mano que mece la cuna del universo, y el hilo invisible que une a los seres humanos con el universo se llama empatía” (Del Rosario, 2019).

Una empatía, por cierto, para comulgar en intereses comunes para insertarse en la vida laboral a través del estudio, del conocimiento y del saber más granado a través de los grandes modelos de vida que para formarnos y poseer cultura están en los grandes maestros que aman sabiduría y en los libros que son los que nos invitan  a no hacer lo que hoy en ciertos sectores de la educación formal se hace lamentablemente, según lo sostiene Juan Domingo Argüelles: “Las escuelas, a manera de fábricas, venden u ofrecen (en el caso del sistema público) paquetes de conocimientos, pero no enseñan a conocer ni a ser, sino que adiestran para poseer” (2014). Y, por supuesto, “el famoso ‘amor al libro’ puede ser también, y a qué grado, un simple tópico de corrección política. Tener amor por los libros es diferente de amarlos. Quien los ama no los idolatra, pues sabe que son objetos muertos que necesitan revivirse y revitalizarse, no erigiéndoles altares ni sacralizándolos, sino animándolos con la lectura atenta, crítica y escéptica. Leer un libro es entablar una conversación” (Argüelles) para la consecución de una cultura que favorezca las políticas de desarrollo humano desde el estudio conscientemente asumido.