¡Oh! Dios, que poco tengo que ofrecerte
soy tan pobre que nada puedo darte,
y aunque he tratado a ratos de alejarte,
no concibo la idea de perderte.
Porque Tú eres mi sombra permanente
la esperanza y la paz que tanto ansío,
la fuerza que me alienta y me da brío,
la imagen que grabada está en mi mente.
Pues mientras Tú me otorgas mil favores
a cambio, yo te doy solo dolores
tormentos además, penas y azares.
Perdón ¡Oh! Dios, perdón por mis desvíos
por mis ofensas, por mis desvaríos,
y por causarte cada vez pesares.
Acf.
