Confiar y escuchar

P. Milko René Torres Ordóñez

En la vida no podemos vivir tranquilos sin la fe, vista de distintas maneras. Esta virtud teologal está ligada a la confianza. Este pensamiento obvio, desde una primera lectura, es complejo porque tiene su implicación en cada acto y circunstancia de las personas. En la Historia de la Salvación la fe y la escucha van de la mano. Ambos conceptos se implican. En el pueblo de Israel Dios invita a confiar y a escuchar. Este pueblo no fue muy recíproco. Al tiempo de celebrar alianzas se volvió ingrato porque olvidaba, según su conveniencia, todo cuanto el Señor le había dado y hablado. Nuestro modo de proceder tampoco ha variado mucho. De modo puntual, la Sagrada Escritura presenta a Abraham. Es un hombre sencillo, jefe de un clan seminómada que

peregrina desde los márgenes de Ur en Mesopotamia sin un destino claro. Una de los grandes valores de Abraham es la humildad y la resiliencia. Debe dirigirse a una tierra fecunda, a la que no conocerá porque nunca llegará. Sin embargo, la promesa de Dios se cumplirá: será bendecido

con una descendencia numerosa. Moisés vive una situación muy parecida. Cuando asume el mandato de Dios de acompañar a su pueblo, desde la esclavitud a una travesía fatigosa por el desierto, demuestra confianza y fidelidad, a pesar de soportar las incongruencias y murmuraciones de Israel. Mientras este líder religioso dialoga con Dios en el monte porque quiere organizar a su comunidad, esta se pervierte. Adora a un becerro de oro. Es una de las tantas paradojas que conocemos en la Biblia. En el desarrollo de la misión de Jesús las contrariedades que experimenta no se hacen esperar. Desde su nacimiento, lo dijo el anciano Simeón, está destinado a ser signo de contradicción. Por Él, muchos van a caerse y a van a levantarse. En el monte Tabor ocurre el acontecimiento de la Transfiguración. Este hecho contiene una profunda significación salvífica y teológica. Desde la cristología de san Lucas comprendemos que Jesús tiene que ir a Jerusalén, predicar, padecer, morir, resucitar, subir al Cielo, con la promesa de acompañar a su Iglesia hasta el final de los tiempos. Nosotros esperamos su segunda venida. Mientras tanto, nos corresponde vivir en el “aquí y ahora”. La Transfiguración es una invitación a acompañar a Jesús, recorrer su camino. Él baja del monte con la confianza de que es amado por su Padre. En contraste con Moisés y Elías Jesús tiene que aclarar que su mensaje viene de Dios. A modo de aplicación práctica, diremos que el cristiano debe comprometerse con la evangelización en el mundo entero. La misión que encomienda Jesús empieza, pero nunca termina. La Iglesia en los tiempos actuales sufre y vive persecución, lo que es positivo porque se trata de una llamada para volver a las fuentes originales de su razón de ser signo de testimonio en circunstancias críticas. Le tocará bajar del monte de la comodidad para afrontar la realidad de su vocación y misión. Esta tarea solo será posible con el compromiso de confiar y escuchar. Confiar plenamente en quien nos envía y escuchar la voz de quien guía cada una de nuestras acciones como discípulos y misioneros.