Efraín Borrero E.
A mediados de la década de 1960 algunos jóvenes lojanos decidieron viajar a la capital de la república para cursar diversas carreras profesionales. Ese fue el caso de Miguel Mora Witt, Hernán Sotomayor Veintimilla y Jorge “Coqui” Ortega Carrión, que coincidentemente se inscribieron en la Facultad de Medicina de la Universidad Central.
Se conocieron en el ambiente social de nuestra ciudad, y en el caso de Miguel y Hernán, desde las aulas escolares en el Centro Educacional Mariana Córdova de Sotomayor, cuyo nombre se perennizó por la donación del predio que hiciera su esposo, Ángel Sotomayor Soto. Allí acoplaron sus voces y en varias ocasiones cantaron juntos.
En la relación estudiantil universitaria, los tres lojanos conocieron a sus compañeros oriundos de Quito: Fabián Rodríguez Díaz, Jorge Mosquera y Miguel Sánchez Cobo, cuyo padre había traído de Moscú una balalaica, instrumento musical que en nuestro país era una novedad.
Todos ellos culminaron la carrera profesional y se graduaron de médicos, excepto Miguel que en medio camino decidió optar por la Antropología Aplicada, título que lo obtuvo en la Universidad Politécnica Salesiana.
La empatía entre unos y otros era cada vez más acentuada y los momentos que propiciaban para departir la amistad se tornaron frecuentes. En ese ambiente se fueron descubriendo sus cualidades y talento artístico, hasta que llegó el momento en que decidieron unir sus voces y sonidos instrumentales: la balalaica de Miguel Sánchez, el charango de Hernán Sotomayor, la guitarra de Miguel Mora, la quena de Jorge Mosquera, el bombo de “Coqui” Ortega y el requinto de Fabián Rodríguez.
Miguel Sánchez ofreció su casa para los repasos. El look con melena larga y pantalón de basta ancha estaba perfecto. Alguien dijo: tenemos que llamarnos de alguna forma. Con sus mentes recorrían nombres, pero se iban descartando uno a uno.
De pronto Miguel Mora exclamó ¡Pueblo Nuevo!, explicando que es un pequeño y atractivo pueblo lojano enclavado entre montañas en la ruta hacia Malacatos, fundado por el sacerdote Eliseo Álvarez Sánchez. La decisión fue unánime y se plasmó ese nombre para el flamante grupo musical.
Miguel Mora dice que eran actores permanentes en los habituales recitales de la canción universitaria, y que fue durante ese fascinante trajín de emociones cuando empezaron a sentirse indivisibles de la fuerza irradiada por el nombre que habían escogido: Pueblo Nuevo, no solo por la hermosa connotación de sus palabras sino también por los innumerables pueblos nuevos que aprendieron a visibilizar y que los alertaron en la esperanza de que existían siempre mejores despertares.
Afirma que Pueblo Nuevo tuvo dos impulsos constitutivos iniciales: indudablemente el musical, y el generado por el clima político que imbuía al continente de un espíritu rebelde y de una comprometida solidaridad con los hermanos víctimas de las tiranías instaladas en el cono sur.
No cabe duda que se alinearon con las posturas adoptadas por otros prestigiosos conjuntos musicales internacionales que estaban en boga, como Inti-Illimani fundado por un grupo de estudiantes de la actualmente denominada Universidad de Santiago de Chile, y Quilapayún, que evidentemente reflejaban una tendencia de izquierda.
En la familia Mora Witt esa tendencia deviene de su padre, Alfredo Mora Reyes, ilustre y destacado abogado, intelectual y catedrático universitario, quien, con su hermano José Miguel, fueron parte activa de la creación del “Centro Socialista La Vanguardia” de Loja, en 1925, y luego militantes del Partido Socialista del Ecuador.
Cuenta Hernán Sotomayor que, en un acto de homenaje al eminente maestro de anatomía de la Facultad de Medicina, Dr. Carlos Veloz, se presentaron para interpretar unas canciones con las cuales le expresaban su afecto, y que la multitud de estudiantes los aclamó con extendidos aplausos.
Los Pueblos, como algunos los llamaban, sintieron la necesidad de conocer y familiarizarse con instrumentos musicales andinos, como la quena, el charango, la zampoña y la flauta andina. Con ese motivo realizaron una gira por Perú y Bolivia.
Al poco tiempo se integró con su voz y guitarra el chileno Juan Paredes. El prestigio de Pueblo Nuevo iba ganando terreno por la gran acogida que habían logrado en la Universidad Central, que era su reducto.
En octubre de 1975 debutaron en la Primera Feria de Artesanías y Manualidades Ecuatorianas realizada en el Convento de La Merced de Quito, organizada por el Ministerio de Bienestar Social y Trabajo, que convocó a más de sesenta mil personas, marcando así el inicio de su popularidad.
En 1978 grabaron su primer disco de acetato de 45 rpm, con su clásico “Atajitos de caña”, compuesto por Hernán Sotomayor, que ya había sido interpretada en el famoso Club Wildcatter situado en la Avenida Colón de Quito.
Pero se dio el momento en que la decisión de varios de sus integrantes, al optar por la continuidad de su carrera de medicina, que entraba en conflicto con la profesionalización musical, decidieran retirarse. Ello determinó que Pueblo Nuevo se fusionara con el conjunto musical lojano llamado Arawak, nombre de un pueblo nativo de la Amazonía, que igualmente había despuntado exitosamente.
Es posible que el tema político también haya entrado de lleno en la decisión de quienes se retiraron del conjunto Pueblo Nuevo, luego de haber jugado un rol preponderante en la que, luego de algunos años, sería la más sólida y representativa institución artístico musical de ese tipo en el Ecuador. De esta forma se integraron: José María Monteros, Ernesto “Seco” Guerrero, Guillermo Martínez y Galo Mora Witt.
Cuando Roberto Valdivieso, hincha de Pueblo Nuevo, supo de su nueva conformación, dijo que es la manifestación de auténtica lojanidad, como consagrando un sentido de pertenencia. Rápidamente se trasladó a San Lucas, asiento importante del grupo de la etnia de los Saraguros, para contratar la confección de ponchos que les confiera identidad. Bien empacados los remitió a sus destinatarios con la recomendación de que los utilicen en sus presentaciones, especialmente en el exterior que ya estaban en mente.
Al poco tiempo se integraron Pancho García, un chileno que fue acogido con agrado, y Alberto Guerrero Gómez con su maravillosa voz. Inmediatamente lo hicieron otros lojanos: Rolo Valladares, el “Charro” Sempértegui, Julio Bueno y Pablo Valarezo. La constante guía musical estuvo a cargo de Leonardo Cárdenas.
De allí en adelante se sucedieron uno y otro artista que dieron vitalidad al grupo musical. Cerca de cuarenta cantores y músicos han pasado por la agrupación, cada uno dejando una huella imperecedera de talento y voluntad.
Capítulo aparte han sido aquellos que, sin ser parte del grupo musical, los han acompañado incondicionalmente, cuantas veces les fue posible, simplemente por el inmenso sentimiento de amistad, afecto y admiración que anidaba en sus almas, como el caso de mi querido y recordado hermano Ramiro.
En la actualidad el grupo Pueblo Nuevo está conformado por: Miguel Mora Witt, Ernesto Guerrero, Ricardo Sempértegui, Alberto Guerrero, Juan Paredes, Luis Freire, Germán Ati, Francisco López, Lenin Palacios, Leonardo Cueva y Jamil Erazo, que sigue cosechando aplausos.
A sus cuarenta y ocho años de vida artística, el conjunto musical Pueblo Nuevo, al que los lojanos tenemos como icono, está presente en todos los rincones del país y en muchas ciudades del exterior, en donde sus interpretaciones musicales hacen vibrar de emoción a las gentes. Con canciones propias y de otros autores han impresionado al público que ha abarrotado importantes escenarios en más de tres mil quinientas presentaciones realizadas en las provincias de nuestro territorio, América Latina, Estados Unidos y una parte de Europa.
Con “Paquisha” y “A mi Lindo Ecuador” estremecieron el fervor cívico de los ecuatorianos, en 1981. Hicieron de “Loja en mi País” un himno de los lojanos. Con “Nuestro Juramento” nos transportaron al jardín musical del gran Julio Jaramillo. Grabaron en nuestros corazones “A tajitos de caña” para convertirla en una canción de amor. Revivieron aquellos momentos inolvidables de nuestra juventud con «Rockola de Loja»; y, colmaron nuestros sentimientos con “Cajita de Música y “Paloma”, entre algunas de tantas interpretaciones.
Quienes hemos tenido la oportunidad de leer y disfrutar el libro “Seremos el Pueblo Nuevo”, editado en el 2012, podemos dimensionar la brillante trayectoria de Pueblo Nuevo y el valor que representa para nuestro país en el ámbito musical.
A través de esa obra es posible conocer en detalle su vida artística, así como las más elocuentes y efusivas palabras expresadas por connotados intelectuales, escritores y artistas ecuatorianos y de varios países, dedicadas a exaltar su prestigio. También las grandes glorias internacionales de la música con las que alternaron algunas presentaciones, visualizadas en múltiples fotografías que hablan por sí solas. En definitiva, es posible concluir que hablar de Pueblo Nuevo es referirse a una palabra mayor.
