El baúl de los recuerdos: “Aparición de Jesús en la Iglesia de San Sebastián”

Efraín Borrero E.

Era aproximadamente las once de la mañana del día cinco de enero de 1996 cuando en la Iglesia de San Sebastián de la ciudad de Loja, dos catequistas laicas de esa parroquia se encontraban rezando ante el Santísimo que estaba expuesto en el altar mayor.

Recordemos que en la religión católica el Santísimo está representado en la Hostia Santa que es la presencia divina del Señor, guardada en una custodia en cuya parte central del viril está el habitáculo de cristal destinado a ella, a fin de ser vista por los creyentes.

Una de las catequistas estaba profundamente concentrada en su oración. Arrodillada con sus manos juntas, los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia abajo, adoraba al Santísimo Sacramento convencida que entraría en una relación íntima con el Señor para expresarle su fe y amor. La otra también rezaba, pero con su mirada fija en el Santísimo. De pronto se levantó sorprendida y exclamó con emoción inusitada: ¡Dios mío, milagro!  Dirigiéndose a su acompañante le dijo estupefacta y con sudor que empapaba su cara: mira la silueta de Jesús en el Santísimo.

Corrieron para acercarse al altar y ver el portento. Las lágrimas brotaron de sus ojos entre sollozos.  Rápidamente buscaron a una de las Hermanas Salesianas que trabajaban espiritualmente en esa parroquia, y ella también se arrodilló en oración. Sin pérdida de tiempo fueron donde la Hermana Superior para comunicarle lo ocurrido a fin de que informe del suceso al señor obispo de la Diócesis, monseñor Hugolino Cerasuolo Stacey.

Tres personas que ese momento ingresaron al templo se enteraron del asunto y salieron a pregonar el milagro en la plaza. La noticia voló como paloma mensajera por el vecindario de San Sebastián y por varios rincones de la ciudad. En pocos minutos la Iglesia estaba abarrotada de gente. Periodistas y reporteros se apostaron en primera fila. Lucho Loaiza, con su flamante cámara teleobjetivo captaba las mejores imágenes. En la tarde y noche fue imposible acercarse al altar mayor en donde estaba expuesto el Santísimo.

El prodigio, que provocó una conmoción ciudadana, fue la noticia más importante de Diario El Siglo de Loja al día siguiente, bajo el título: “Aparición de Jesús en la Iglesia de San Sebastián”. Igualmente, se lo difundió en la televisión local y nacional.   

En los reportajes del mencionado periódico se hace conocer que en la tarde de ese día cinco de enero, el Obispo fue a la Iglesia de San Sebastián para examinar el caso y orar con la gente. Asimismo, que en la noche regresó para practicar la prueba de cambiar la Sagrada Fórmula, pero igual asomó la misma imagen. También se hizo saber que, en la madrugada del día siguiente, algunos sacerdotes, autorizados por el obispo, guardaron la custodia para que los comisionados hagan los análisis correspondientes.

Las autoridades eclesiásticas no consideraron conveniente dejar expuesto el Santísimo, ya que el asunto era muy delicado y complejo, como declarara el obispo, agregando que: “Habría que explicar, quizás sea un fenómeno óptico o talvez sea un llamado para mantenerse en la fe. Muchas cosas aparecen a fin de que caminemos llenos de esperanza y convicción al encuentro con Dios. Hay que analizar bien este asunto que será investigado conforme a las normas que tiene la iglesia, tanto por una comisión del clero como por autoridades eclesiásticas”

El obispo recordó “que hace cuarenta años se sucedió similar portento en una Iglesia de Cañar, permaneciendo ocho días la imagen de Cristo en la Sagrada Fórmula, y que en Italia se conoce de otros portentos todavía más maravillosos sucedidos con la revelación de Cristo en el Santísimo Sacramento, en donde, para quienes tienen verdadera fe, Dios está vivo”.

Desde la edad media son muchas las historias y leyendas que se han contado sobre este tipo de hechos sobrenaturales. A manera de ejemplo menciono lo que, según se dice, ocurrió en la ciudad de Gerona, España, en el año 1.297, durante la celebración de una misa cuando un sacerdote dudó de la presencia real de Cristo al tomar la hostia, y que llegado el momento de la comunión no logró deglutir la partícula porque se había transformado en carne.

En Córdova, Argentina, el llamado sacerdote Bruno Tinivelli aseguró haber sido testigo de un suceso extraordinario que cambió la historia de su congregación. Afirmó que, en la misa del veinte y cuatro de julio de 1973, la hostia milagrosamente comenzó a sangrar. En sus palabras, el hecho se dio después de haberla consagrado y desde arriba cayó una gota como de sangre, cuando se fija bien se da cuenta que se formó como una ampolla que se abrió y comenzó a verter sangre.

En el 2018 el Obispado de San Francisco advirtió a los fieles que la denominada “Iglesia misionera de evangelización católica y apostólica”, fundada por Bruno Tinivelli no pertenece a la Iglesia católica, aclarando que “sus ministros, aunque usen denominaciones parecidas a las católicas, no han recibido válida ni lícitamente el sacramento del orden”, y que “las celebraciones que realizan, aunque externamente asemejen el culto de la Iglesia no son sacramentos válidos”.

Hace pocos años, en el 2019, el obispo de San Isidro, Argentina, Monseñor Oscar Ojea, se refirió a los hechos narrados por el párroco de la Inmaculada Concepción de la localidad de Tigre, José Luis Quijano, quien aseguró haber visto el rostro de Jesús en una hostia consagrada. Dice en su relato: “Esperando el momento de la elevación, durante el canto, el padre sostenía la hostia entre sus manos y vemos que llama al acólito Harry, un señor mayor, feligrés de años en esta iglesia. Después de hablar con él, sosteniendo aún la hostia entre sus manos, prorrumpe en un llanto fuerte y desconsolado al ver el rostro de Jesús en la partícula. Se postró de rodillas junto con el acólito y la mayoría de los fieles que lo imitaron sobrecogidos”.

Volviendo a lo de San Sebastián, el seis de junio de 1996, monseñor Hugolino Cerasuolo elevó ese templo a la categoría de Santuario Eucarístico Diocesano, siendo el único de la provincia, a fin de que se rinda culto al Santísimo Sacramento; es decir, que se pueda venerar el cuerpo de Cristo convertido en hostia.

Lo mismo ocurrió en Cañar, en cuya iglesia se produjo el milagro eucarístico sucedido el veinte y cuatro de junio de 1958, al que se refirió el obispo Cerasuolo en su declaración a Diario El Siglo. Hoy el templo se llama Santuario Católico Eucarístico Diocesano San Antonio de Cañar.

Según el Código de Derecho Canónigo los obispos tienen facultad para declarar a un templo de su jurisdicción como Santuario Católico Eucarístico Diocesano.  Si fuera un santuario nacional es potestad de la Conferencia Episcopal; y, tratándose de santuario internacional, de la Santa Sede. 

El obispo Hugolino Cerasuolo también tuvo que avocar conocimiento del llamado caso “Señor del Árbol”, ocurrido hace pocos años en nuestra ciudad, que en nada se parece al que existe en Cuicuno, barrio perteneciente a la parroquia Guaytacama de Latacunga, cuya leyenda se remonta a 1640.

Se comentaba que unos niños que viven en el sector de Los Faiques, cercano al Centro de Rehabilitación Social, se dieron cuenta que en un árbol que está en los terrenos del Fuerte Militar Miguel Iturralde, del barrio Zamora Huayco, de pronto apareció un rostro que se asemejaba al de Jesús. Esperaron un tiempo para ver si se borraba la imagen y luego corrieron a sus casas para comunicar el suceso a sus familias.

Como ocurre en estos casos la novelería cundió en algunas familias que se apresuraron para visitar el sitio, que prácticamente se había convertido en una feria. Creo que el obispo se habrá rascado la cabeza una y varias veces consciente de la realidad de los hechos.

Pensó en una solución salomónica: cortar el árbol con pretexto de trasladarlo a la Iglesia Catedral a fin de estudiar el fenómeno. Cuando un grupo de creyentes supo la intención del obispo acudieron al lugar para impedirlo. La autoridad eclesiástica desistió de la estrategia y dejó que el tiempo se encargue de resolver el asunto.

Estoy convencido que monseñor Hugolino Cerasuolo manejó con serenidad, prudencia y cautela esos dos casos. Creo que esa debe ser la forma como tiene que obrar la Iglesia Católica – lo digo en términos generales – para evitar que se aprovechen de la fe religiosa, que es “una virtud sobrenatural, por medio de la cual, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos como verdadero aquello que Él ha revelado, no porque percibamos su verdad intrínseca por la luz natural de la razón, sino por la autoridad de Dios mismo que revela y no puede engañar ni ser engañado” según lo conceptualizado en el Concilio Vaticano I, llamado así porque se celebró en la Basílica de San Pedro.