Filosofar con el libro, la biblioteca y la red de redes

Galo Guerrero-Jiménez

Desarrollar permanentemente la capacidad de reflexión desde la amplitud mental que el cerebro me permite para “pensar sobre el pensamiento” con rigor, en la medida en que me abro al lenguaje de los demás desde la más plena cognición fenomenológica, estética y psico-socio-lingüística para captar episodios micropolíticamente asumidos desde la capacidad de saber pensar bien, en el más pleno sentido de “lo justo en cuanto cualidad de una vida que valga la pena de ser vivida” (Pakman, 2018), dado que, me aproximo mentalmente para ser partícipe activo en la comunicación que engendro desde el momento mismo que aparece mi corporalidad psicosomáticamente asumida para estar dispuesto a decir y a escuchar lo que me dice el otro, bien desde la palabra hablada, desde los gestos o desde un escrito que, bien leído, me encamina al encuentro de un pensamiento reflexivo, dialógico, complejo, crítico y creativo para enfrentar la realidad cotidiana desde el mejor ángulo cognitivo de nuestra existencia personal y socialmente asumida.

Por supuesto que, desde esta perspectiva, son el ambiente y mi formación los que intervienen para que el cerebro procese mis hábitos de pensamiento que, siendo personales, el cerebro humano actúa como un órgano social, puesto que se deja influir por factores que intervienen desde fuera. De ahí que, “para saber cómo funciona nuestro pensamiento hay que observar cómo pensamos, cómo organizamos el mundo, cómo lo imaginamos, cómo construimos universos. Si nos detenemos a observar, nos damos cuenta de que no todas las personas vemos lo mismo ante unos mismos hechos ni los interpretamos igual. Tampoco habitamos el mismo universo mental. Eso nos da una pista de lo que pensamos y creemos (lo que llamamos ‘realidad’) es una construcción personal -con gran influencia del colectivo humano que nos rodea- que cambia según las épocas históricas y según las culturas” (Moreno Marimón y Sastre Vilarrasa, 2020). Máxime, hoy que asistimos con entusiasmo, pero más con preocupación, al desarrollo vertiginoso de la tecnología que nos dictamina cómo y de qué manera debemos comunicarnos utilizando en la pantalla todas las habilidades que los seres humanos tenemos para ejercer nuestro pensamiento y encontrarles sentido a nuestras relaciones en cada acto comunicativo.

De ahí que, hoy más que nunca, frente a un mundo hiper y super virtualizado, nos urge filosofar en el sentido de lo justo en cada acto de pensamiento micropolíticamente realizable. Pues, los instrumentos materiales, como el aparato fonador humano, el texto o libro, la biblioteca, Internet y los diferentes dispositivos que la inteligencia artificial nos brinda para ejercer el pensamiento, han sido científica y tecnológicamente elaborados para un uso más ágil. Así lo describe Irene Vallejo: “La red electrónica, el concepto que ahora denominamos web, es una réplica del funcionamiento de las bibliotecas. En los orígenes de internet latía el sueño de alentar una conversación mundial. Había que crear itinerarios, avenidas, rutas aéreas para las palabras. Cada texto necesitaba una referencia —un enlace—, gracias a la cual el lector pudiera encontrarlo desde cualquier ordenador en cualquier rincón del mundo. Timothy John Berners-Lee, el científico responsable de los conceptos que estructuran la web, buscó inspiración en el espacio ordenado y ágil de las bibliotecas públicas. Imitando sus mecanismos, asignó a cada documento virtual una dirección que era única y permitía alcanzarlo desde otro ordenador. Ese localizador universal —llamado en lenguaje de computación URL— es el equivalente exacto de la signatura de una biblioteca. Después, Berners-Lee ideó el protocolo de transferencia de hipertexto —más conocido por la sigla http—, que actúa como las fichas de solicitud que rellenamos para pedirle al bibliotecario que busque el libro deseado. Internet es una emanación —multiplicada, vasta y etérea— de las bibliotecas” (2021) desde la cual hoy todos somos partícipes para, desde nuestras unidades léxico-mentales, adentrarnos en el complejo mundo del lenguaje tecnológico.