José Antonio Mora
En los tiempos de más profunda oscuridad, donde la desesperanza invadía nuestros corazones, nos encontrábamos encerrados no solo en nuestras casas, sino también en nuestras mentes. Fue entonces cuando la cultura, ese recurso tantas veces infravalorado, irrumpió para iluminarnos. Nos brindó imágenes, actividades lúdicas, momentos de sana dispersión; melodías que nos motivaban a seguir día a día; sinfonías que calmaban nuestras angustias; colores y pinceladas, videos y películas. Con una amalgama de creatividad, entró el arte a sanar nuestras vidas. Así, lo que asumíamos como dado o merecido se esfumó de forma indefinida, mostrando la enorme fragilidad del ser humano.
Históricamente, en momentos críticos, es la cultura la que más sufre. Y luego nos preguntamos: ¿por qué la sociedad está como está?
Me permito ofrecer mi criterio: no estamos dando espacio suficiente para reflexionar, crear y expresar lo que, desde lo más profundo, está bloqueado. Dejamos que el consumismo y las influencias globales nos dominen, con claras intenciones de adormecer el coeficiente intelectual de las nuevas generaciones, subyugadas a complacerse con los más superficiales placeres de la vida. Nos venden una vida fácil, llena de lujos y merecimientos, donde lo que tienes prima sobre lo que eres.
Pero esta infravaloración de la cultura no es un fenómeno aislado. Se repite en cada momento de crisis, en las decisiones vitales de nuestra sociedad, donde las cifras priman sobre el bienestar integral del ser.
Debemos mucho a la cultura, pues nos permite abrir los ojos ante esta miseria moral. Se lo debemos, y es nuestro estricto deber y obligación velar para que esto no siga ocurriendo. Debemos luchar con valentía para defender esos espacios que fomentan los valores, las capacidades y los talentos; donde sobran las palabras y discursos, y donde el honesto lienzo de pensamientos y emociones se refleja con la más pura intención.
Se lo debemos,
Sí…Se lo debemos.
