Galo Guerrero-Jiménez
El escritor italiano Umberto Eco señala que cada lector existe para asegurar a cierto libro una modesta inmortalidad, debido a que le da un ritual de renacimiento (2027), según sea el comportamiento, es decir, la actitud de leer desde el trabajo mental que el cerebro le exige en esa captación, reconstrucción e interiorización de los procesos cognitivos que con esfuerzo, con gozo, con dolor, con entusiasmo, con experticia o con un marcado interés, cada lector procrea unos procesos lingüísticos, que son los que dan fe de cómo ese libro ingresó en la mente del lector para conquistar el grado de humanización que tiene el texto y cómo esa humanización se instala en el comportamiento del lector, con lo cual, ese libro leído asegura esa modesta inmortalidad que al pasar de mano en mano, de cerebro en cerebro, en efecto, cada lector lo revive para hacerlo renacer en cada ritual de lectura psíquicamente asumido.
Esos rituales lectores, por cierto, son infinitos, porque cada ser humano, dependiendo de sus contextos de vida, de su ecosistema, de su cultura, de su formación y, en especial, de si nivel de educación alfabetizada y conscientemente asumida, tiene su propio ritual de lectura, una actitud filosófico-cognitiva y estético-ética muy personal para darle vida a un texto leído, incluso hasta en la forma de rechazo que puede ejercer cuando el texto no llega a instalarse en su cognición por diversas circunstancias que quizá no le son de su agrado.
Aprecie, querido lector, este ritual de lectura que García Márquez lo describe a través del narrador en el personaje protagónico de su novela En agosto nos vemos: “Ella fue siempre una buena lectora. Le había faltado poco para terminar la carrera de Artes y Letras, y leyó con rigor lo que tenía que leer, y siguió leyendo lo que más le gustaba: novelas de amor de autores conocidos, y mejor cuando más largas y desdichadas. Siguió varios años con novelas cortas de cualquier género, del orden de El lazarillo de Tormes, El viejo y el mar, El extranjero. Detestaba los libros de moda y sabía que el tiempo no le alcanzaba para ponerse al día. En los años recientes se había metido a fondo en las novelas sobrenaturales. Pero aquel día se había tendido al sol en la cubierta y no pudo leer ni una letra, ni pensar en nada distinto de su noche anterior” (2024).
Así trabaja el cerebro lector, así procesa la mente estas conductas lectoras que, insisto, en cada caso son muy personales, muy peculiares, muy a su manera en cada texto leído, incluyendo los libros de carácter científico, que tienen también sus particularidades de lectura. Y con mayor razón, hoy en día en que, las formas de actuar ante el mundo son muy complejas. Como dice Patria Ganem Alarcón, vivimos “en un contexto donde los avances tecnológicos y la abrumadora generación de conocimientos demandan formas diferentes de interacción social, la escuela y sus actores requieren también realizar modificaciones internas que les permitan no solo responder al entorno externo, sino ser protagonistas de las transformaciones pertinentes y éticas para que los educandos cuenten con las herramientas necesarias para construir su autonomía, procurar el aprendizaje permanente a lo largo de su vida y, sobre todo, trabajar por una sociedad más equitativa” (2012).
Por supuesto, una sociedad más humana, no domesticada por la tecnología, sino pensante, más lectora, porque hace falta empoderarse de una pluralidad de pensamiento argumentado con un “poder inteligente, amable, [dado que este poder mental] no opera de frente contra la voluntad de los sujetos sometidos, sino que dirige esa voluntad a su favor. Es más afirmativo que negador, más seductor que represor. Se esfuerza en generar emociones positivas y en explotarlas. Seduce en lugar de prohibir. No se enfrenta al sujeto, le da facilidades” (Han, 2023) a su psique.
