Estructura, lenguaje y resultados de la lectura

Galo Guerrero-Jiménez

Las palabras siempre impresionan según cómo se las diga, a través de qué medio y según el nivel de formación que tenga el interviniente en el uso de las habilidades comunicativas, es decir, tanto del que habla, escribe, lee o escucha, y dependiendo del contexto ecológico en donde se encuentre el que emite o recibe la comunicación como hecho de lenguaje que impacta, conmueve, atiende, desecha, altera, cuestiona, dialoga, escucha, reacciona; y, en fin, son tantas las actitudes frente a un enunciado, a una narrativa o a un texto en general que, al enunciarlo, provoca un acto cognitivo de comunicación lingüística y de comunión sociocultural .

En el caso de la lectura, los estudiosos de la neurociencia, de la neuroeducación, de la psicobiología y otras ciencias afines, han dado aportes muy significativos en torno a este complejo proceso neuronal, fisiológico, biológico, emocional, espiritual, intelectual y comportamental, cognitivo, lingüístico y de otras circunstancias y realidades humanas que tecnológica y vivencialmente han impactado radicalmente en el campo de la educación, de las ciencias y de todas las disciplinas científicas, culturales y artísticas en donde la lectoescritura está presente para dar fe del historial humano en que las diversas civilizaciones se han identificado paulatinamente como sociedades ampliamente o pobremente desarrolladas.

Bajo este orden de circunstancias civilizadas comunicacionalmente y radicalmente globalizadas desde el poderío económico y tecnológico-virtualizado, cabe mencionar que “nadie nace con un cerebro genéticamente diseñado para la lectura. Contrariamente a lo que sucede con el lenguaje oral, que viene programado genéticamente y se adquiere de modo espontáneo (un niño aprende a hablar, como todo el mundo sabe, con solo escuchar hablar en su entorno), la lectura no aparece por el dictado de genes que posean códigos cuya expresión abra por completo los intrincados caminos neuronales del cerebro para poder leer” (Mora, 2024).

Por supuesto que, tampoco es necesario conocer toda la estructura cerebral que se activa en el momento de la lectoescritura para detenerme a pensar si debo, como señalaba “Séneca, un filósofo estoico de la era romana muy alejado de la academia, quien dijo, con una feroz franqueza, que el único propósito de leer y estudiar es vivir una vida feliz” (Holiday y Hanselman, 2024).

Y, en efecto, posiblemente pueda que así viva mucha gente, ¡qué bien!, pero las conductas lectoras son múltiples, como la de Tatiana Landín, quien argumenta que, “sobre todo, cuando se trata de libros. Nuestra vocación lectora sabe que los escenarios que acompañan a los lectores no precisamente coinciden con la extrema algarabía ni distractores. Se lee en silencio, con pausas y luchando contra la vida cotidiana. Privilegio quien pueda dedicarse solo a leer porque sabemos que la batalla del lector siempre es contra el tiempo: queremos leerlo todo, ¿pero en qué momento? Y Así, creamos comunidad y deseamos compartirlo con nuestro círculo cercano. Hay gustos para todos, respeto la insaciable muestra de libros y espero que beneficie a nuestra industria editorial” (2025) que desde la tecnología de la imprenta sigue ofreciendo productos textuales de primera calidad estético-cognitiva; y, desde la tecnología digital y virtual está surgiendo una nueva clase de lectores que, embebidos en la infocracia de las pantallas, hoy, “los medios de comunicación electrónicos destruyen el discurso racional determinado por la cultura del libro. Producen una mediocracia. Tienen una arquitectura especial. Debido a su estructura anfiteatral, los receptores están condenados a la pasividad” (Han, 2022) lectora como producto de los distractores audiovisuales.