Galo Guerrero-Jiménez
Lo que hacemos en el mundo y con nuestras vidas está directamente relacionado con el lenguaje que empleamos para realizarnos en el contexto en que nos encontremos; de ahí que, es necesario desde la infancia, la adolescencia y la juventud, y bajo la coordinación de un mediador, normalmente nuestros padres y nuestros docentes, aprender a desarrollar una adecuada educación lingüística a través de la enseñanza-aprendizaje de las competencias comunicativas, de manera que las palabras tanto al hablar, al escribir, al leer, al escuchar, al pensar, conjuntamente con el lenguaje que el cuerpo humano y la misma naturaleza a través del movimiento, los gestos y la estética que emiten, nos encaminen a un buen vivir, tanto desde la intensidad vital de las actividades cotidianas, cuanto desde la contemplación, la meditación, el silencio, el espacio y el tiempo desde los cuales nos proyectamos para actuar tomando decisiones bajo los criterios axiológico-cognitivos y lingüísticos con los cuales es factible la comunicación y la comunión de ideales y acciones que, necesariamente, se entrelazan entre lo que se hace y en lo que se dice y cómo se lo enuncia.
Bajo este orden de circunstancias, del papel que cumple la familia y la educación escolarizada de formarse desde temprana edad bajo el vaivén de nuestro lenguajear y desde nuestra manera de pensar para actuar, “el enfoque comunicativo y sociocultural de la educación lingüística es hoy el enfoque inspirador de la inmensa mayoría de los currículos europeos y latinoamericanos (…) [porque es el que mejor hoy se adapta] en el contexto de unas sociedades multiculturales sometidas a la fascinación audiovisual y digital, el énfasis en la educación literaria se pone en el fomento de los hábitos de lectura y de las actitudes de aprecio y de disfrute de los textos de las literaturas, sin olvidar el estímulo en las aulas del uso creativo del lenguaje y de la escritura literaria o de intención literaria” (Lomas, 2024) emitidas con el mayor gozo libertario.
Esta educación lingüística bajo el enfoque comunicativo que el niño y el joven lo aprecia y lo vive en la familia y en el aula, se robustece formidablemente desde el ámbito la lectura y la escritura y, “no obstante, a pesar de las embestidas digitales y mediáticas, sumadas a la familia, el trabajo, el deporte y la cantidad de actividades de la vida moderna que parecen devorar el tiempo, casi todas las personas quieren leer [y escribir], y no poder hacerlo produce frustración. Por eso es preciso buscar mecanismos que nos acerquen a los libros [especialmente desde la tecnología de la imprenta] de una forma dinámica y que nos permitan disfrutar u obtener los resultados que cada persona espera de la lectura” (Acebedo,2025).
Un resultado lector, que no debe estar encaminado a evaluaciones coercitivas ni de la familia ni de los docentes o del aparataje institucional que, en la educación, en su mayoría, resulta nefasto para formar lectores desde el ámbito comunicacional y sociocultural. Por eso, es pertinente el criterio del escritor y educador español Carlos Lomas, cuando enuncia que el énfasis al leer, no debe centrarse solo en el canon establecido por la tradición académica, sino en el criterio y acuerdo entre docente, estudiante y familia, de manera que sea posible establecer “un canon escolar que tome en cuenta las características y el horizonte de expectativas del lector escolar, sus hábitos culturales y comunicativos y el tipo de lecturas y escrituras (a menudo en línea) realizadas por adolescentes y jóvenes, así como la innegable fascinación de esas otras ficciones y de esos otros relatos que inundan hoy la ventana electrónica del televisor y el diluvio de información en Internet” (2024).
De ahí que, la formación del profesorado, dadas las transformaciones culturales, tecnológicas y socio-educativo-comunicacionales, son vitales para formar lectores competentes y agraciados.
