Artes vivas que no maten la creatividad

Jeamil Burneo

Hace una década, cuando escribí el artículo “Loja como ícono en las artes vivas”, sostenía que la ciudad debía convertirse en un laboratorio de expresión artística y ciudadana, más que en un simple escenario para eventos escénicos. Hoy, diez años después, puedo afirmar que esa intuición se materializó parcialmente: el Festival Internacional de Artes Vivas de Loja logró abrir una puerta simbólica para que la cultura sea parte de la cotidianidad.

En cada edición del festival, he visto cómo las calles se transforman en escenario y los ciudadanos en actores. Los niños hacen pintas en el pavimento, los músicos amateurs ocupan las esquinas, los peatones improvisan recorridos y espacios para sus “selfies”, una apropiación en ciernes… Pero el riesgo está en confundir participación con profundidad. No basta con “estar” en el festival; necesitamos que cada intervención, cada obra, cada expresión, eleve el nivel de la creación artística, proponga nuevos lenguajes y dialogue con el mundo desde la autenticidad de la lojanidad.

El festival nació como un acontecimiento escénico especializado y ha derivado en una manifestación social más amplia. Esa transformación es positiva, pero requiere una nueva planificación cultural que articule tres dimensiones: la excelencia artística, la inclusión territorial y la sostenibilidad creativa. En otras palabras, debemos pasar de la euforia de la participación a la madurez de la producción. Esto implica generar procesos de formación, investigación y reconocimiento. La creación de un certamen de premios del FIAV Loja sería un paso decisivo en esa dirección: un sistema de estímulo y evaluación que reconozca las mejores propuestas en teatro, música, artes escénicas, visuales y urbanas, tanto locales como internacionales.

Un festival que premia no solo celebra el resultado, sino que eleva los estándares. La competencia sana impulsa a los artistas a perfeccionarse, a innovar, a profesionalizarse. Pero estos premios deben tener identidad propia: no imitar modelos foráneos, sino reflejar la diversidad cultural y territorial de Loja. Podrían existir categorías que destaquen la creación rural, la innovación escénica, la experimentación sonora o la intervención comunitaria. Un certamen FIAV Loja bien estructurado sería además una plataforma para visibilizar la producción artística local y proyectarla nacional e internacionalmente.

La marca FIAV Loja podría convertirse en un sello de garantía cultural, una identidad colectiva que agrupe la producción artística surgida antes, durante y después del festival. Este sello no solo distinguiría obras, sino procesos: talleres, residencias, publicaciones, circuitos de creación. Al igual que ocurre en las ciudades creativas del mundo, la marca debe ser sinónimo de coherencia estética, responsabilidad social y compromiso con la calidad.

Una de las dimensiones más urgentes del nuevo FIAV debe ser la territorial. La cultura no puede concentrarse únicamente en el casco urbano. La ruralidad de Loja —con sus tradiciones, su talento y sus paisajes— son también territorio de creación. Proponer un circuito de artes vivas rurales, articulado con las parroquias, cantones y comunidades, permitiría descentralizar la cultura, generar oportunidades económicas y fortalecer la identidad local.

La academia, como planteé en mis investigaciones, tiene un rol ineludible en este proceso. Hay esfuerzos destacados en donde nuestras universidades se han convertido en aliadas estratégicas, aportando investigación, documentación y formación artística. Carreras de arte, gestión cultural y comunicación deben vincularse activamente con el festival, ofreciendo residencias, laboratorios y proyectos conjuntos.

También es necesario fortalecer la relación entre arte y ciudad. Las intervenciones urbanas —como el grafiti social, que analicé en El grafiti social como expresión territorializada de la identidad del ciudadano lojano— son una herramienta de planificación participativa. El arte urbano no solo embellece: también construye identidad, genera sentido de pertenencia y transforma simbólicamente el territorio. Integrar estos procesos al FIAV permitiría que el arte deje una huella más permanente, tanto física como emocional, en la ciudad y sus barrios.

El desafío no está únicamente en la gestión pública o en el financiamiento. Está en la visión. El festival debe proyectarse como un sistema de creación y circulación artística, no como un calendario de espectáculos. Debe ser la punta visible de un proceso continuo de formación, producción y difusión. Y en ese horizonte, la sociedad civil, las universidades, los artistas y las comunidades rurales deben sentirse parte activa, corresponsable, coautora.

Elevar el nivel artístico no significa excluir, sino inspirar. No es elitizar, sino dignificar el arte. Significa reconocer que la cultura es un recurso estratégico de desarrollo humano y territorial. Loja tiene la oportunidad de consolidar un modelo propio, donde las artes vivas sean, más que un festival, una forma de organización social, una política pública de ciudadanía y creatividad. No debemos descartar que Loja siempre ha sido pionera en intelectualidad y arte, lo ha hecho a pulso constante, pero con la inclusión disruptiva de visiones propias, rebeldes, “undergroud”, las cuales  en su momento no tuvieron el reconocimiento respectivo, pero que al pasar los años son referente reiterativo de creatividad … este es pues el elemento final en este análisis, la libertad creativa… la cual nunca debe faltar en nuestro festival emblema.