La crisis de la civilización actual es un colapso multidimensional del modelo capitalista, colonial y patriarcal que amenaza la vida mediante el extractivismo y la contaminación, la desigualdad socioeconómica, la violencia delincuencial y estructural, medios de comunicación alienados y alienantes, violencia emocional e intrafamiliar, y, un largo etcétera. La naturaleza de la crisis, no es solo ambiental, sino una crisis sistémica de producción, consumo y reproducción social que pone en peligro el orden público. Además, tenemos la violencia estructural que se manifiesta a través del racismo estructural, el despojo de territorios y la deshumanización de personas no privilegiadas. La violencia de género actúa como una «pandemia paralela» de control.
¿Qué podemos hacer? No hay un camino. Estamos en búsqueda. Como una opción opuesta al neoliberalismo, están los movimientos sociales que actúan como alternativas antihegemónicas y transformadoras: en defensa del territorio, ecofeminismos y luchas anticoloniales que buscan prefigurar una política diferente que posibilite organizar una nueva sociedad.
Para profundizar en la búsqueda, nos apoyamos en los comentarios de Roland Membreño, en su artículo: “Crisis de civilización, violencia y movimientos sociales”: “Este déficit estructural perfila el carácter fallido del Estado que activa la respuesta violenta de los gobiernos, criminalizando la protesta ciudadana, los derechos humanos, las libertades, a la vez que parasita en la corrupción en dimensiones colosales de la mayoría de los políticos latinoamericanos, o bien del crimen organizado conformando los narco estados. La lucha por el poder de Estado se convierte más allá de toda racionalidad política en un fin en sí mismo. Sin fundamento en consensos, se recurre a la represión y a una suerte de terrorismo de estado sistemático.
El reto transversal de los movimientos sociales es el de la ciudadanía, no como momento electoral, sino como el todo momento en todos los temas, intromisión constante posible por el doble soporte, tecnológico y de la diversidad–pluralismo, en la matriz de la comunicación, configurando en la práctica cotidiana una ciudadanía exprés multifacética o si se quiere una expresividad ciudadana instantánea que reverbera en la superficie social en sucesivas olas creando densidades momentáneas, pero nunca tan rígidas para instalarse de manera pesada. A expensas de este aparataje, diversidad y tramado social múltiple, es que lo civil crea un nuevo balance con el Estado.
Esta irrupción mediático-comunicativa tiene que resistir el desgaste social y moral de la era de la post-verdad con sus fake news, realidades paralelas, infiltración de troles y toda una ingeniería de perversión de la palabra y la comunicación, en una mezcla de usos tecnológicos y formas fascistas de manipulación y desinformación: un gigantesco sabotaje a los consensos de la sociedad civil y sostenibilidad moral de la especie humana.
La ciudadanía movilizada y los movimientos sociales construyen el presente con una metodología de no violencia activa, comunicación y cambio sostenible cultural y político. La crueldad y violencia estatal, empresarial y de mafias subterráneas como el narcotráfico y fuerzas paramilitares, campean en un mundo caído en desgracia, donde lo político luce deslegitimado y la ética se evapora. En medio de esa barbarie y decadencia, la sociedad movilizada, en larga labor de parto, reinventa lo humano en formas inéditas dejando vacante a la milenaria comadrona de la violencia, buscando propiciar un giro civilizatorio, quizás nuestro último chance de sobrevivencia como especie y planeta.”
