Diego Lara León
Las sociedades como las nuestras, “normalmente” viven de crisis en crisis. Escuchar esa palabra para nuestras generaciones, es “casi normal”. Pero no está bien normalizar lo anormal.
Existe un libro titulado ‘Caminos abiertos’, que les recomiendo leer, escrito en 1975 por Isaac Montero, autor español, que trata sobre la vida y reflexiones de Abraham Lincoln. En este texto, el autor detallas las reflexiones que el decimosexto presidente de los Estados Unidos realizó para épocas de crisis.
Pasemos revista a las principales reflexiones:
Una de las reflexiones dice que: no se puede lograr prosperidad, desalentando la economía. No es posible ni personal, ni familiar, ni empresarial, peor socialmente crecer y consolidarnos, creyendo que la economía ‘es un barril sin fondo”, pensando que los ingresos son infinitos. Por concepto los recursos son limitados y deben ser bien utilizados.
También debemos reflexionar que: no se puede fortalecer a los débiles, debilitando a los fuertes, no se puede llevar adelante la hermandad del hombre, alentando el odio de clases, no se puede ayudar al pobre, destruyendo a los ricos. Varias tendencias politiqueras han pretendido generar una lucha de clases y buscar equidad hacia abajo en vez de hacia arriba, es decir, buscando que los que menos tienen se igualen a los que más tienen, no haciendo crecer la economía de los primeros, sino debilitando a los segundos. Vivimos en sociedades interdependientes, todos necesitamos de todos. Por supuesto que se debe cerrar las brechas de inequidad, pero hacia el desarrollo, no hacia las carencias.
Se ha pretendido consolidar el errado concepto que la única manera de ayudar al asalariado, es restringiendo al patrono. Otro grave error, el sector productivo privado genera alrededor del 90% del empleo, debemos fortalecerlo, obviamente debemos regularlo y solucionar distorsiones que se produzcan, pero, empleador no es sinónimo de opresor.
No se puede evitar una calamidad, gastando más de lo que se gana. En la primera clase de economía nos enseñan que los recursos son finitos y que las necesidades no lo son, por lo tanto, hay que saber priorizar y distribuir estratégica y sabiamente los ingresos. Aquí es donde el populismo “pierde el año”, ofrecer es fácil, conseguir los recursos para cumplirlo es lo difícil. Si el ofrecimiento no tiene financiamiento, solo hay dos vías; o soy lo suficiente honesto para disculparme por mi ofrecimiento o hipoteco el futuro para cumplirlo. Recordemos el dicho: “pan para hoy, hambre para mañana”.
No se puede forjar el carácter y valentía, quitando al hombre iniciativa e independencia y no se puede ayudar al hombre permanentemente, haciendo por él, lo que él pudiera y debiera hacer por sí mismo. El caudillismo ya debe pasar de moda, educar a los pueblos es la misión, hacerlos protagonistas de su propio desarrollo es el reto, difícil pero conseguible. Ojalá entendamos que al elegir líderes no elegimos salvadores, elegimos a quien guie a todos, dándoles obligaciones y reconociendo su trabajo. El paternalismo no es malo en etapas tempranas de la vida o cuando las personas nunca podrán valerse por si mismas; sin embargo, el paternalismo es perverso cuando lo ejercemos con quienes si pueden y deben forjar su propio destino.
Los ajustes son necesarios en toda sociedad, pero esos ajustes deben tener como condición: el conocimiento de territorio y su gente, la prudencia y el timing, la disciplina, la generosidad y la resiliencia.
Las crisis deben ser afrontadas, nunca escondidas. No se sale de una crisis “echando la culpa a alguien”, se sale de ellas trabajando y repartiendo de forma equitativa, no igualitaria, los costos que salir de ella se generan.
