Libertad para leer con epifanía

Galo Guerrero-Jiménez

Solo un profesional de la docencia altamente comprometido con la palabra altiva y llena de condumio intelectual y emotivamente actuante desde una narrativa que le es connatural, cuando, imbuido del estudio permanente que lo sostiene a lo largo de su trayectoria profesional a través de la lectura de libros y artículos que él cree que le son muy útiles para la formación humanística de sus alumnos, estará, en rigor, capacitado para transmitir ese efecto contagiante para acercarse a la lectura de un texto.

Así sucede con César Bona, que, en su libro La nueva educación, los retos y desafíos de un maestro de hoy, cuenta que, tomando como un hermoso pretexto, la conformación y creación de una biblioteca en su escuela, los niños, con la emoción más sentida, una vez que iniciaron el proyecto: “Nada más cruzar la puerta tiraban las mochilas y se lanzaban a por un libro. Era maravilloso verles sonreír por el hecho de estar en un espacio sin reglas y donde podían sumergirse históricamente en historias alucinantes. No estaba escrito en ninguna programación, pero todas las mañanas estos niños ocupaban la primera media hora de clase leyendo. Y una niña de tres que había llegado ese año se sentía tan feliz como los otros cinco niños, y si bien no sabía leer atrapaba cualquier libro, se sentaba sobre un puf y comenzaba a ojearlo con atención. Suele decirse que la mejor manera de aprender a leer es mirar alrededor e imitar. Y eso es lo que hacía ella. Supongo que ver a niños felices con un libro en la mano era un estímulo suficientemente positivo para que cada mañana deseara escalar un puf y sentarse cruzando las piernas con un libro distinto en el regazo” (2017).

Así, por tomar otro ejemplo de libertad lectora, la del padre Julián Lorente Lozano, en su libro autobiográfico El peregrino de amor que encontró lo que buscaba, que, de niño, su hermano le “dejó una novela titulada El monje del Monasterio de Yuste. (…) De tal manera me impresionó la novela (…) que me dio por llorar. Mi hermano me vio llorar y me dijo: Vente conmigo (…) y me invitó a un helado para consolarme, a la vez que me hablaba con cariño para hacerme olvidar la impresión dolorosa de la novela. Realmente logró su objetivo, pues con su compañía fui feliz y me olvidé de mis lágrimas” (2015). Qué satisfacción la que produce la cercanía con la palabra bien tratada en un texto, al cual se lo puede leer sin ninguna coerción, que no sea la libertad de ese lector que, motivado, puede leer.