El baúl de los recuerdos: Breve reseña histórica del Colegio “La Dolorosa”

Efraín Borrero Espinosa

Hasta 1940 sólo existía el Colegio Bernardo Valdivieso en la ciudad de Loja, una institución fiscal laica constituida en símbolo nacional. En ese año, el incansable Obispo Administrador Apostólico de Loja, Nicanor Roberto Aguirre Baus, con preclara visión de guía y pastor de la grey Lojana, fundó el Colegio Particular “La Dolorosa” con el propósito de encaminar a la juventud por los senderos de la educación cristiana.

Lo hizo con la estrecha colaboración del eminente sacerdote y promotor de la educación en la provincia de Loja, Jorge Guillermo Armijos Valdivieso, nacido en Celica el veinte y cinco de agosto de 1915 y fallecido en Olmedo el seis de junio de 1992.

Tiempo después, el primero octubre de 1949, el Obispo Aguirre y Jorge Guillermo Armijos, también crearon una escuela orientada hacia la educación cristiana: el Pensionado San Luis, en asocio con el brillante educador Miguel Ángel Suárez Rojas, que años más tarde cambió su nombre por el de Centro Educacional Mariana Córdova de Sotomayor.

A Jorge Guillermo Armijos le debemos la presencia en Loja y el país de los Hermanos Maristas, una comunidad religiosa y educativa cuya misión se centra en la educación de niños y jóvenes, priorizando a los más necesitados. Su fecunda obra educativa, iniciada oficialmente el diez de noviembre de 1957 en Catacocha, es ampliamente conocida.

Como refiere Jorge Jaramillo Arciniegas, el sacerdote Jorge Guillermo Armijos fue impulsor y creador de la Escuela Marista Nuestra Señora del Cisne de Catacocha y de los colegios Técnico Marista de Catacocha, Celina Vivar de Saraguro, Monseñor Luis Alfonso Crespo de Amaluza, Colegio Femenino de Catamayo, Santa Mariana de Jesús de Loja y Santa Mariana de Jesús de Macará.  

También colaboró en la fundación de varios colegios, como el Santa Teresita de Celica, La Inmaculada de Loja y Mariano Samaniego de Cariamanga, así como de las escuelas San Tarsicio de Macará y Fe y Alegría de Loja.

Por sus relevantes servicios en beneficio de la educación provincial, Jorge Guillermo Armijos Valdivieso recibió múltiples reconocimientos públicos, contándose entre ellos la Condecoración al Mérito en el Grado de Caballero, otorgada por el gobierno nacional, y la Condecoración al Mérito Educativo de Primera Clase Post Mortem, conferida por el Ministerio de Educación y Cultura.  

Volviendo al Colegio Particular “La Dolorosa”, es necesario hacer notorio que, para hacer realidad su funcionamiento, fue indispensable el aporte benéfico del sacerdote Fernando Lequerica, a través de la donación de una casa grande y otros bienes a favor de la Curia Diocesana, hecho ocurrido el 28 de mayo de 1940.

El aporte de Fernando Lequerica nos recuerda que, para la creación del Colegio de Loja, antecedente primigenio del Colegio Bernardo Valdivieso, también se hizo presente la contribución filantrópica de los sacerdotes Fausto de la Cueva y Francisco Rodríguez, quienes donaron la cantidad de cincuenta y dos mil pesos.

A esa casa donada por el cura Lequerica, situada en la esquina de las calles Bolívar y Lourdes, en donde actualmente funciona el Centro Municipal Alfredo Mora Reyes, hubo necesidad de hacer algunas refacciones y adecuaciones, especialmente en la planta baja donde estaba la caballeriza.

El nombre del Colegio La Dolorosa se eligió para honrar el milagro de la Virgen Dolorosa del Colegio, ocurrido en Quito el veinte de abril 1906 durante la hora del almuerzo de los internos del Colegio San Gabriel. La imagen era un óleo de la Virgen Dolorosa que adornaba la pared del comedor y mostraba a la Virgen con expresión de dolor y una espada en el pecho.

De pronto esa imagen comenzó a parpadear ante los treinta y siete alumnos y dos religiosos jesuitas presentes. Varios estudiantes notaron que la imagen abría y cerraba los ojos y cambiaba de color como si estuviera viva.

Este evento fue considerado un prodigio por la Iglesia Católica y dado su impacto en la educación católica ecuatoriana, el obispo Aguirre decidió poner a la nueva institución educativa bajo la protección de esta advocación mariana. 

El primer rector del Colegio Particular la Dolorosa, período 1940- 1944, fue el distinguido abogado Francisco Valdivieso Samaniego, quien ejerció la Presidencia de la Corte Superior de Justicia de Loja y otras importantes funciones públicas.

El segundo rector fue Máximo Agustín Rodríguez Jaramillo, período 1944- 1946. Ilustre abogado, periodista, escritor, poeta, investigador, profesor y legislador. Autor del Himno a Loja 

El tercer rector fue el notable sacerdote Francisco Valdivieso Alvarado, período 1947- 1949. De él se cuenta una simpática anécdota. En la Oficina de Correos de Celica se produjo un asalto y robo de cuarenta y seis mil sucres por parte de dos delincuentes que velozmente fugaron con rumbo desconocido. La policía, con todas sus limitaciones puso alertas a través de telegramas. Pasaron los días y el asunto quedó simplemente en boca de quienes diariamente lo comentaban.

A los quince días, aproximadamente, el sacerdote Francisco Valdivieso Alvarado se dirigió al confesionario para cumplir su ministerio en el sacramento de la confesión. Sorpresivamente vio en el asiento del confesionario un paquete envuelto en papel. Lo abrió recelosamente y encontró mucho dinero. Nervioso y apresurado se dirigió a la policía para hacer saber el hallazgo. Al contar el efectivo se dieron cuenta que el total coincidía con los cuarenta y seis mil sucres del robo. Finalmente, el dinero fue entregado a la Oficina de Correos y el Ministerio del Tesoro le brindó reconocimientos.

El cuarto rector fue Luis Alfonso Crespo Chiriboga, período 1950- 1954, insigne sacerdote que posteriormente fuera Obispo de la Diócesis de Loja.

El quinto rector fue Ángel Rogelio Loaiza Serrano, eminente sacerdote, educador, poeta e intelectual, período 1954 -1959.

El sexto rector fue Alejo Valdivieso Carrión, período 1959- 1960, brillante profesional e importante protagonista en el desarrollo empresarial lojano con la creación de empresas como Cosurca, Cafrilosa e Inapesa.

El séptimo rector fue nuevamente Ángel Rogelio Loaiza Serrano, período 1960 – 1964, luego de haber regresado de Roma, con quien el Colegio Particular “La Dolorosa” emprendió una nueva modalidad educativa: la Academia Militar “La Dolorosa”.

Es oportuno evocar los nombres de quienes conformaron la primera promoción de bachilleres: Víctor Alberto Arias, Ángel Edgar Celi R., Luis Cueva Eguiguren, Carlos Hidalgo G., Arturo Lecaro B., Julio Morillo V, Eduardo Rodríguez Witt, Vicente Rodríguez Witt, Víctor Lucio Vivar Castro, Jorge Vivanco C., Erasmo Márquez Z., Juan Quinde Burneo, Eduardo Torres, Marco Antonio Torres Guzmán, Ulpiano Torres y Francisco Vivar Castro.

Me cupo el honor de ser estudiante del Colegio “La Dolorosa” en sus dos modalidades: como colegio regular desde 1958 y como Academia Militar desde 1961, hasta mi graduación de bachiller en 1964; por lo mismo, estoy en capacidad de comentar fehacientemente las incidencias de esa inolvidable experiencia.

La Academia Militar “La Dolorosa”, bajo la conducción del educador por antonomasia, Ángel Rogelio Loaiza Serrano, de muy grata recordación, fue un establecimiento católico de educación media con organización y disciplina militar. Su propósito no era formar hombres para la milicia sino aprovechar todas las ventajas de la organización militar y los atractivos que ella ejerce sobre la juventud, a fin de disciplinar su carácter, inculcarles el orden, la puntualidad y el respeto, además de la educación humanista; es decir, una educación integral que abarcaba lo intelectual, moral y físico.  

Funcionó en la edificación propiedad de la Curia, situada en la esquina de las calles Bolívar y José Antonio Eguiguren, donde actualmente está la Municipalidad del Cantón y que con anterioridad había sido ocupada por el Seminario Menor “San José”.

Teniendo como referente a la Academia Militar Ecuador de la ciudad de Quito, nuestra vida estudiantil se desenvolvía entre cadetes y brigadieres, entre los cuales recuerdo a Fernando Sempértegui y Augusto Abendaño, considerados estudiantes “matones”. A los cursos se los llamaba compañías; así, por ejemplo, el cuarto curso en el que me inicié siendo Academia, era la cuarta compañía.

Los cadetes debíamos llevar impecable el uniforme del establecimiento. La Academia exigía dos clases de uniformes: el uno para el diario y algunos eventos, y el otro, el de parada, para ocasiones muy especiales. El primero era de color gris con una camisa con dos bolsillos en el pecho y boina de la misma tela. En los desfiles, por ejemplo, se agregaba el cinturón ancho y guantes blancos.

El uniforme de parada consistía en un saco color azul tipo militar, camisa blanca, corbata azul, pantalón blanco con franjas azules y la gorra militar clásica con visera. En honor a la verdad era muy vistoso. 

Ángel Rogelio Loaiza tenía tres colaboradores cercanos que contribuyeron eficientemente a consolidar la institución en su nueva modalidad: los sacerdotes José Vicente Eguiguren y Benigno Merino, y Carlos Garrido Luna, que también lucía el uniforme. 

En los recreos el “negro” Flavio Chauvin soplaba la corneta para anunciar que el descanso terminó. Con el primer trompetazo debíamos mantenernos estáticos y en silencio donde estuviéramos; con el segundo, debíamos formarnos para ingresar a las aulas. En alguna ocasión la trompeta sonó destemplada, el “Negro” sospechó que algún desgraciado se había orinado en el instrumento, en sus palabras. 

La disciplina implantada fue muy rigurosa porque estábamos convencidos que nuestro status era militar: nos cuadrábamos como militares y saludábamos como tales.

La preparación física jugó un rol preponderante para la formación corporal. El mayor Gordon, militar retirado, de estatura pequeña y gordo, fue el instructor. En los entrenamientos combinaba la gimnasia con himnos, como los griegos. Su meta se centró en que fuéramos mejor que los bernardinos. En los desfiles cívicos se imponía el paso de ganso al marchar frente la tribuna y en las fiestas patronales brindábamos espectáculos sensacionales como saltar en mortal el pequeño automóvil Zastava de las Samaniego.

A finales de 1964, por resolución del Obispo Luis Alfonso Crespo Chiriboga, los Hermanos de las Escuelas Cristianas se hicieron cargo del Colegio “La Dolorosa”, dando fin a la existencia efímera de la Academia Militar, una experiencia histórica en el desarrollo educativo de Loja, y dando inicio a una nueva fase en la vida institucional de ese prestigioso establecimiento educativo, en la que Ángel Rogelio Loaiza Serrano volvió a ser rector el seis de septiembre de 1974, para seguir con su inagotable vocación educativa.   

El inmueble que ocupó la Academia Militar “La Dolorosa” fue traspasado al Municipio de Loja al año siguiente, para la construcción de su edificio institucional, cuyo diseño reemplazó la estructura neoclásica anterior con muchos años de historia a su haber.

Nuestras vivencias pasadas no desaparecen, dejan una esencia que nos define. Como estudiante ‘doloroso’ que fui, los recuerdos inundan mi memoria, transformando el paso por las aulas en un profundo sentimiento de orgullo y gratitud.»