P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La Iglesia vive con intensidad las últimas semanas del tiempo de Cuaresma. Nos prepara para acompañar a Jesús en su camino al Calvario, lugar en el que entregó su vida para nuestra salvación. Las profecías del Antiguo Testamento se cumplen en Él. Ezequiel, un hombre de Dios, predica un mensaje fuerte, cargado de simbolismo. Sus palabras golpean los oídos de los hombres del pueblo y provocan respuestas con compromisos que los llevan a la conversión.
El pueblo ha cerrado sus oídos. Vive en la esclavitud. El profeta les dice: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel”. La esperanza de un renacer irradia entusiasmo. Aunque Israel ha quebrantado la quiere recordarles que los ama: “Les infundiré a ustedes mi espíritu y vivirán, los estableceré en su tierra y ustedes sabrán que yo, el Señor, lo dije y lo cumplí”. La palabra de Dios llega a ellos con la frescura de una lluvia fina.
Nosotros, a raíz del mensaje profético, debemos sentirnos involucrados en un proyecto de salvación. El Señor camina a nuestro lado. Unidos a la oración del Salmista invocamos la misericordia divina: “Perdónanos, Señor y viviremos…mi alma espera y confía en su palabra; mi alma aguarda al Señor, mucho más que la aurora al centinela”. Es la súplica humilde del hombre que reconoce su pecado porque necesita de Dios. El salmista quiere llenar el vacío que carcome su alma, como en la parábola del hijo pródigo: “Me levantaré, volveré junto a mi Padre…le pediré perdón. Le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.
No merezco llamarme hijo tuyo”. El Padre, espera porque ama y valora la vida. San Pablo dirige su mensaje a la comunidad de cristianos residentes en la capital del Imperio, en Roma. Los anima a dar gracias a Dios, por los beneficios recibidos: su fortaleza, perseverancia, testimonio. Les recuerda que han recibido “una vida conforme al Espíritu” que habita en ellos. San Juan, el Discípulo Amado, nos introduce en un drama. Cuenta que dos mujeres, Marta y María envían un mensaje a Jesús. La noticia tiene un desenlace muy triste. Lázaro, su hermano, ha fallecido. Llevaba cuatro días en el sepulcro. Más allá del dolor humano, y de la incredulidad de Marta, Jesús le devuelve la esperanza: “Tu hermano resucitará”. Jesús quiere acentuar la fe en quienes están junto a Él.
Una vez más, el autor sagrado, actualiza la experiencia de Jesús vivida con otras personas, como la Samaritana. Por ello, pregunta: “¿Crees…” que “Yo soy la resurrección y la vida”? Porque “Quien cree en mí vivirá para siempre”. La respuesta de Marta, “Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”, conmueve a Jesús, lo lleva a realizar una nueva señal milagrosa. Jesús, da gracias al Padre, ora y “grita con voz potente: ¡Lázaro, sal de ahí!”. Lázaro volverá a caminar, a transitar por un camino de fe y testimonio.
Juan nos enseña que tenemos una nueva oportunidad para crecer espiritualmente. En Jesucristo encontramos la verdadera luz para salir de un sepulcro oscuro y frío.
