Hijo mío,
raíz y vuelo de mis propios días,
te escribo estos versos
con el pulso del alma,
porque quererte es un oficio
que no conoce el descanso.
Eres el eco de mis mejores sueños,
y por eso,
le pido a la vida
que te vista de sabiduría,
esa que no solo habita en los libros,
sino la que se aprende al escuchar el viento
y al entender el lenguaje
del silencio y la prudencia.
Más allá del éxito
y los horizontes que alcances,
anhelo que seas un hombre de bien.
Que tu palabra sea un refugio,
que tu integridad sea tu brújula
y que la bondad
sea el rastro que dejen tus pasos.
Te quiero con una fuerza
que no necesita medidas,
y aquí estaré siempre,
celebrando tu luz
y bendiciendo tu camino.
