Galo Guerrero-Jiménez
Si leer y escribir nos relajan la vida, dado que, se aprende a conocer el mundo para poder vivir en él con la mayor armonía posible y dentro de una relación axiológica y cognitiva para entrar en contacto con la sociedad en la cual nos desenvolvemos cultural, educativa, profesional y desde otros órdenes que la vida nos ha ido marcando en el desarrollo de nuestra existencia; es lógico que, como señala Hannah Arendt: “La tarea y potencial grandeza de los mortales radica en su habilidad en producir cosas -trabajo, actos y palabras- que merezcan ser, y al menos en cierto grado lo sean, imperecederas con el fin de que, a través de dichas cosas, los mortales encuentren su lugar en un cosmos donde todo es inmortal a excepción de ellos mismos” (2024).
Esa inmortalidad expresada en acciones que, en efecto, perduren por su condición de existentes en actos y palabras que al escribirlas o al leerlas nos marquen perspectivas intelectuales y emotivas sobre nuestra condición humana: “En otras palabras, las perspectivas son valorativas, tienen un ineludible componente axiológico. Por ello, la cuestión no es suprimir o negar toda verdad del texto, sino mostrar que cualquier afirmación sobre él solo puede tener lugar en una perspectiva, esto es, a partir de prejuicios y presupuestos. El significado de un texto no es objetivo, si por objetivo se entiende neutral, libre del espacio, del tiempo, de los valores, de la historia” (2020).
Por consiguiente, un accionar de lenguaje, de palabras que, cognitiva y pragmáticamente, nos encaminen al estudio y desarrollo de un pensamiento reflexivo, crítico y axiológico, en cuya grandeza espiritual el ser de lo humano se caracterice por la riqueza de un pensamiento sutil desde la variedad y la versatilidad de su naturaleza, como señala Ernst Cassirer (2011), en especial, cuando enfatiza en el principio de contradicción que le es inherente a nuestra condición mental, puesto que, “el pensamiento racional, el pensamiento lógico y metafísico, no puede comprender más que aquellos objetos que se hallan libres de contradicción y que poseen una verdad y naturaleza consciente”. Desde esta óptica, la perspectiva de un pensamiento racional, lógico y metafísico, consciente y axiológicamente asumido a la hora de leer un texto, debe encaminarnos, paulatinamente, a desarrollar lo que deberíamos ser desde el accionar de una filosofía experiencial, enriquecida por la sabiduría interior que emana un texto, por complejo que este sea.
