Se dice que, de los libros, es decir, de la palabra escrita, a la vida, el camino para conformar con plenitud nuestra existencia, es siempre más fluido que si se lo hace desde otras vías que, por supuesto, siempre serán enaltecedoras para inmiscuirse de manera pragmática en el flujo de la vida; pues, el efecto más notable al escribir o al leer, especialmente, radica en fortalecer nuestra cognición mental para, con esa realidad cerebral, estar actos para encontrarnos con todos los saberes a través de la presencia del escritor o escritora que nos hablan desde el silencio y lasitud más profundos de su escritura, es decir, desde el plano del conocimiento que más domine, para dejarnos el testimonio de sus escritos en cualesquiera de los formatos tecnológicos que hoy facilitan la difusión de la información, para que el lector la haga conocimiento a través de ese diálogo mental fluido que mantiene con el texto y que, luego, la encaminará al plano de la sabiduría más profunda que pueda establecer experiencialmente en contacto con la comunidad.
Aunque, ese primer contacto del libro, es, fundamentalmente, con uno, con el yo que, introspectivamente, desde su mejor expresión axiológico-cognitiva, llega a establecer una actitud ontológico-dialéctica con la palabra que, “interiorizada se convierte en pensamiento y todo pensar humano se ejerce a través de las palabras” (Torralba, 2010), que son las que nos sirven para entrar en contacto con la vida, con el mundo nuestro y con el que fluye en la comunidad a la cual el lector y el escritor se deben para comunicarse desde su contexto, y no solo para transmitir información, sino para entrar en comunión ético-estética y de vivencias mayúsculas desde la alteridad más profunda: honesta, afectiva, efectiva e introspectiva.
Por lo tanto, cuando el lector entra en contacto con el texto, es decir, con el escritor, no debe haber “una inscripción pasiva de las ideas en la mente del lector o lectora, sino un encuentro que supone apropiación, antagonismo, interpretación, fantasía, más todavía cuando se trata de la lectura literaria [filosófica y lingüística, puesto que,] la lectura lingüística ejercita y consigue el superior efecto de ascender hacia los graduales niveles de abstracción de que es capaz la mente humana; [y, ahora, considerando que] se trata de convivir y armonizar entre la lectura de páginas y de pantallas, de ensayar la atención múltiple a los medios, en una juventud que siempre responde al estímulo inteligente y seductor” (Ansaldo Briones, 2003) del momento.
