Adolfo Faller: un hombre honrado

Numa P. Maldonado A.

Hace pocos días falleció en Loja, a los 84 años de edad, Adolfo Faller Rochman, ecuatoriano de ancestros alemanes, gran amigo y extraordinario ser humano.

Lo conocí como vecino del inolvidable barrio paterno de la calle Sucre, entre Lourdes y Miguel Riofrío: ese corto espacio urbano de nuestra niñez y adolescencia que nos ofrecía, de sur a norte, la amistad de Don Moisés Bravo y  su familia, y especialmente,  para nuestro gusto de imberbes, su exquisita miel de abeja; de los doctores Aurelio Jaramillo, Alfredo Mora Reyes, hermanos Maldonado Paz,  Alberto Burneo,  Arias y Núñez..,  pero también lugares donde se ubicaba la sede del diario “La Opinión del Sur” y el convento de monjas carmelias, se fabricaba los excelentes (e irrepetibles) bollos de las Hurtados y la bebida gaseosa de los “Miraditas”, y en una tienda humilde vivía la Muda clacla, con su hermosa hija, exaltada por nuestro extraordinario poeta del barrio, de Loja y el Ecuador, Carlos Eduardo Jaramillo… 

Más tarde, cuando profesionales, nos encontramos en la Junta de Recuperación Económica de Loja y Zamora Chinchipe, junto a ese inolvidable grupo formado por Franco Jaramillo, José Miguel Burneo, Bolívar Carrión, Augusto Cueva, Víctor Bastidas, Enrique Carrión, David Sarango, los ingenieros Rafael Rodríguez y Luis Sarmiento,  Cecilia Ayora, Yolanda Bermeo, Delia Espinosa… Y, a la terminación de esta efímera institución de Desarrollo Regional, junto a otros colegas de profesión afín (Adolfo fue un competente médico veterinario), seguimos juntos por siete años más en la Oficina Provincial del Ministerio de Agricultura y Ganadería. En estos años de trabajo formativo, con muchos retos, donde nos tocó afrontar la sequía del 68 y otros problemas, mi amistad con Adolfo Faller se fortaleció. Porque juntos recorrimos los desolados campos provinciales sin lluvia y muchas carencias, o viajamos por caminos vecinales no afirmados, que se volvían sumamente peligrosas cuando la estación lluviosa los transformaba en intransitables y era casi imposible contener el vehículo frente al profundo barranco de no haber sido conducido por un extraordinario chofer como Adolfo…

En nuestra época madura nos seguimos encontrando como catedráticos de la Universidad Nacional de Loja, aunque con menos frecuencia, para tomarnos de tarde en tarde un café y fumar un cigarrillo, del que nunca Adolfo pudo desprenderse.

Pero de todas las virtudes que lo adornaron (profesional bien formado y competente, responsable y disciplinado, culto –  con dominio del alemán y el inglés – , excelente esposo, padre, abuelo, gran amigo…), la que dirigió todos los actos de su vida, y que representa un valor por excelencia abarcativo,  es la honradez lo que lo enaltece, a él y a sus descendientes. Nunca, jamás, le pasó por la mente cometer un acto indecoroso, desleal, atentatorio contra la dignidad de las personas… peor atentar contra la propiedad pública o de los demás, como es casi común en muchos funcionarios de esta época de corrupción y pandemias… Adolfo fue, en toda la extensión de la palabra, un hombre honrado.  Esta especial presea debe enorgullecer a su esposa Amada Tinoco  y a sus hijos: Amada, Max (+), Ralf, Hulda y Roy, con quienes me solidarizo. Querido Compadre, descansa en Paz.